sábado 28 de febrero de 2009

INTENTANDO DEJAR DE FUMAR...

Empecé a fumar con 17 años, en abril del 2001, concretamente. Desde entonces, muchas han sido las veces que he intentado dejarlo pero ninguna las que lo he conseguido. Lo he intentado por todos los medios, de golpe, poco a poco... pero nunca he obtenido los resultados deseados.

Hoy, hace ya 8 días que no me fumo ni un solo cigarro y la verdad es que lo llevo mucho mejor de lo que pensaba pero es cierto que muchas veces e fumaría un cigarro más a gusto que todas las cosas... Espero poder conseguir mi propósito. Al menos si no lo consigo, me gustaría tener la suficiente fuerza de voluntad como para decir fumo sólo cuando quiero, pero sé que eso no va a pasar, así que, ojala me dure mucho esto de no fumar.

De momento, el record personal lo tengo en 10 días, así que ya os contaré si lo supero y cómo lo voy llevando :P

viernes 27 de febrero de 2009

El amanecer se insinuaba levemente cuando Roger saltó el muro del jardín. Bordeándolo, pasó agachado por el lado de cuatro coches y fue a esconderse en el lateral izquierdo de la casa, muy cerca de la puerta del garaje. Si quería entrar, se tendría que enfilar en una ventana del primer piso.

Ya se preparaba cuando un ruido hizo que se quedara quieto. La puerta principal de la casa se había abierto y salieron cinco hombres de mediana edad. Uno era el cirujano. Los otros, le pareció reconocerlos, pero no estaba plenamente seguro.

- Es dura de pelar, eh?- escuchó que comentaba uno de ellos.

- Estas son las buenas!- le respondió un compañero.

- Yo estoy seguro que si hubiéramos traído el perro, nos lo hubiera dicho todo- apuntó otro.

- O lo capo, aunque últimamente está de capa caída- dijo Rovellat y todo el mundo le rió la gracia.

"Hijos de la gran puta!", les dijo con la mirada Roger que, preso por un odio inmesurable, tenía que hacer esfuerzos para que no le descubrieran.

Se les notaba exultantes de satisfacción y de tanto en cuanto se ponían la mano en la entre pierna para colocarse bien el paquete...

El grupo se dirigió a los coches. Cuando pasaron por delante de la puerta del garaje, Rovellat la accionó mecánicamente con el mando a distancia. Después se despidió de cada uno de los amigos, que subieron a los vehículos y se fueron. Roger aprovechó para meterse dentro del garaje.

Un minuto más tarde entró el cirujano. Éste subió a su coche y se fue también. La puerta del garaje y la del jardín se cerraron automáticamente.

Roger recorrió ansiosamente unas cuantas dependencias de la casa. Por los restos que encontró en el comedor y en la cocina, dedujo que debían haber cenado los cinco hombres. Cuando llegó al despacho, se dio cuenta que estaba dividido en dos ambientes. Uno era propiamente de estudio, con estanterías llenas de libros, una mesa, una butaca y un ordenador. Encima de la mesa, Rovellat tenía un trabajo inédito firmado por él mismo: "Cirugía de reparación del hímen". El otro ambiente era un quirófano; con la litera, las luces y toda clase de instrumental, además de los guantes, las batas y los gorros verdes. Este compartimento se podía cerrar herméticamente, según dedujo Roger.

Entonces, como un presagio funesto, descubrió en el suelo gotas de sangre. El rastro se hacía más espeso a medida que se acercaba a un lado de la sala. Ese lado giró sobre un eje y dejó paso al jardinero, que venía del otro lado de la pared. El individuo se estaba comprobando con la mano si tenía la bragueta bien cerrada. En la otra llevaba unos sujetadores y unas bragas, que en aquel momento olía profundamente, con cara de depravado y una gran sonrisa de satisfacción. Las dos piezas estaban manchadas de sangre.

- Pero quién...? La madre que te parió! Te mataré!- amenazó el jardinero a Roger, que con su presencia le había provocado un susto de muerte.

Rabioso, dejó la ropa interior que llevaba en las manos y atacó al intruso con los puños por delante. Roger se acobardó de verdad y retrocedió unos pasos, hasta que la mesa estaba entre los dos.

- Te mataré, hijo de puta!- continuaba bramando el energúmeno.

El pánico, que no dejaba a Roger discurrir ninguna estrategia, le salvó. Nada más cogió el monitor del ordenador cuando el jardinero ya se le lanzaba sobre él. El aparato, que se interpuso entre uno y otro, chocó primero contra el estómago del agresor y, en seguida, le cayó sobre los dedos de los pies. Exasperado de dolor, llevó el cuerpo hacia delante para poner las manos. Entonces Roger cogió el teclado de encima de la mesa y le dio un gran golpe. El jardinero perdió el sentido. Y el chico, frenético, le ató las manos a la espalda con el mismo cable del ordenador.

Armado con el bisturí más grande que encontró, Roger se dispuso a inspeccionar el otro lado del muro móvil.

Después de recorrer un corto pasadizo, descubrió una escalera de caracol. No se lo pensó dos veces y empezó a bajar por ella. A medida que avanzaba se le hacía más audible un ruido metálico.

En el sótano había otro pasadizo, muy estrecho, que debía tener dos metros de largo como mucho. Al fondo se veía una puerta metálica que cerraba por fuera. Roger la abrió. Reinaba la oscuridad. En seguida encontró la llave de la luz. La accionó y sus pobres ojos fueron atacados por el horror más despiadado. Estaba en una auténtica sala de torturas, con víctima incluída. Desnuda y totalmente muerta, una chica con una capucha en la cabeza colgaba del techo por los brazos. Tenía las muñecas sujetas con unas correas. Estas se unían a unas cadenas que colgaban de un gancho del techo. Como si se tratara de un péndulo, el balanceo de su cuerpo y el consiguiente rozamiento de las cadenas era el origen del ruido metálico. Su cuerpo, un cuerpo que Roger, con los ojos cerrados, habría descubierto entre un millón: por el tacto, por el olfato...

Las marcas que Montse tenía por todo el cuerpo no dejaban lugar para la duda: aquellos psicópatas sin entrañas la habían maltratado brutalmente, se habían ensañado con el peor de los sadismos.

Roger, nervioso, le cortó las correas con el bisturí y ella se le desplomó en los brazos. Estaba sin sentido y debió haber perdido mucha sangre, pero él advirtió en seguida que estaba viva. La estendió en el suelo curiosamente, la sacó la capucha y le pegó algunos golpecillos en la cara para que volviera en sí.

- Montse! Montse! Montse!

Ella, al fin, se despertó, reconoció a Roger y le abrazó, al mismo tiempo que inició un lamento sordo acompañado de las más frenéticas convulsiones. Cada segundo que pasaba, abrazaba a su amigo con más fuerza.

Donde se mirara en aquella habitación de los horrores, se descubrían instrumentos de tortura y muerte: guillotinas, consoladores monstruosos, camas, capuchas, cuerdas, porras, cuchillos... Y todavía estaba el aparato artístico e industrial, representado por dos o tres cámaras de vídeo, unos cuantos focos, decorados diversos y toda la maquinaria para montar películas y hacer copias. Tanto en las paredes como en el suelo había restos de sangre que todavía no se habían secado.

Montse hizo la intención de levantarse pero las piernas no le respondieron y Roger la cogió de los brazos para huir del lugar. La abrigó un poco para que su cuerpo recobrara la temperatura.

Cuando pasaron por el quirófano, él la dejó sobre la camilla y ató al jardinero a consciencia. Después continuó caminando hacia la puerta principal de la casa. Ella no paraba de quejarse de dolor.


- Son ellos! Son ellos! Son ellos!- dijo, cada vez con un tono más fuerte de voz.

Estaban en el salón. Roger, muy tenso y prevenido, se la quedó mirando. Ella, con los ojos dilatados de esapnto, señalaba hacia la pared con el brazo tembloroso.

- Son ellos!- repetía, como alucinada.

Él se paró y miró en la dirección que señalaba Montse.

- Son ellos!

En la pared colgaba una fotografía enmarcada. Roger dejó a Montse en un sofá y la descolgó. Belinda estaba con una pandilla de seis hombres de mediana edad que se disponían a comer. Para no mancharse, llevaban unos delantales y unos guantes de plástico transparente. "Manos limpias", era significativamente el título de la instantánea.

Estuvo a punto de que se le cayera de las manos...

Era Rovellat y los cuatro sujetos que lo acompañaban hacía un momento. Uno era un político aragonés, otro un famoso escritor andaluz establecido en Madrid, el tercero era el mejor astrólogo del reino y, el cuarto, el presidente de un equipo de fútbol de primera división! Por lo que respectaba al sexto, Roger miraba la foto y no se lo creía.

- Dios mío...- no paraba de exclamar-. Dios mío... No puede ser!

- Son ellos- repetía Montse insistentemente-. Son ellos!- fueron las últimas palabras que pronunció antes de desmayarse.

Antonio Castro tenía una cara muy amigable e inocente con el delantal, los guantes y la jarra de vino en la mano! Roger se llevó la foto.


A mil quilómetros de distancia las cosas no pintaban mejor.

Cuatro psicarios habian secuestrado a Calvet cuando salía del hotel y lo introdujeron dentro de un coche, que arrancó en seguida. El pobre forense no tuvo tiempo de nada. Sentado en el asiento posterior en medio de aquellos dos individuos, mientras uno lo sujetaba por el cuello y el pelo, el otro le pellizcaba la nariz para que abriera la boca. Este mismo, al conseguir su propósito, le puso una botella de whisky detrás de otra hasta que le provocaron un colapso.

Empezaba a amanecer en Santiago cuando el coche entró en la plaza de la Catedral y se paró delante del Obradoiro. Cuando se volvió a mover, el cuerpo inerte de Jaime Calvet estaba tirado en la escalinata. A su alrededor estaba todo lleno de botellas vacías de whisky DyC.

- No saben beber!- comentó un barrendero a su compañero cuando descubrió el cadáver media hora más tarde.


Roger llegó al coche, dejó a Montse en el asiento del copiloto y en seguida fue a sacar a Belinda del maletero, que quedó recolzada contra la parte posterior del vehículo.

- Me has vuelto a engañar!- le dijo, rabioso-. Estás puesta hasta arriba. Y Castro también! Dime qué pinta Castro aquí.

- Roger, por favor... No lo sé- le respondió ella.

Con la nueva evasiva, a él se le cruzaron los cables. Hasta el punto de que le cogió la cara con una mano y le apretó las mejillas con fuerza.

- Farsante!- le gritó-. Dime qué cojones tenéis que ver Castro y tú!- le exigió con una pose tan amenazadora que Belinda no tuvo ninguna duda de que estaba dispuesto a todo.

Ella estaba deshecha.

- Sólo sé que es muy ambicioso y que tiene mucho poder- le confesó, rabiando de dolor y a punto de romper a llorar-. Pero ignoro a qué se dedica. No lo he querido saber nunca. Yo sólo soy su protegida. El piso dond vivo es suyo, el gimnasio es suyo, todo es suyo... Yo no tengo donde caerme muerta...

- No te lo repetiré más: dime qué tiene que ver él en la muerte de las chicas!

- No lo sé!- Ella se escudó otra vez en la ignorancia-. Por favor... Tú no sabes qué duro es ser la amante de un hombre como él, que te considera una propiedad y que sería capaz de cualquier cosa! Es peor que la esclavitud. Es como estar muerta en vida...

Roger estaba que la indignación se lo comía, pero aún así todavía fue bastante lúcido para pensar que Belinda tal vez hacía comedia. Y decidió forzar un poco más la situación.

- ¿Por qué grababas a las chicas desnudas en los vestuarios?- le pidió con una contundencia que daba miedo y alargó el brazo para cogerle nuevamente la cara.

- No me hagas daño!- le rogó Belinda con lágrimas en los ojos-. Las grababa porque él me lo exigía: se excitaba mucho viéndolas! A su hija y a todas las demás...

- ¿Qué?- Roger no daba crédito a lo que estaba oyendo.

Montse empezó a convulsionarse y le vinieron unas arcadas muy preocupantes. Así pues, él abandonó el interrogatorio y subió al coche, donde le recibió la mirada aterrorizada de Montse, que estaba lívida como un muerto. Enérgico, encendió el motor y metió la primera.

- No me dejes! No me dejes aquí! Tengo miedo...- exclamó Belinda, cogida a la ventana del coche para impedir que se fueran.

Él la miró con incerteza, pero pisó el acelerador a fondo y, si ella no se hubiera apartado, la habría arrastrado por el suelo.


Roger llevó a Montse al Joan XXIII, donde entraron por la puerta de Urgencias. El hospital estaba colapsado por la epidemia de gripe y la tuvieron que atender en un pasillo. Ella estaba semi inconsciente y los sanitarios, para curarse en salud, la entubaron por la nariz y por una vena y le pusieron tiritas en las heridas...


Cuando Roger la abandonó en el bosque, Belinda estaba realmente en el límite de sus fuerzas y se dio por vencida en seguida. Sus gritos y sus llantos impetuosos se convirtieron primero en un estallido de convulsiones. Se sentó en el suelo y poco a poco fue encogiéndose hasta quedar en la postura fetal, toda temblorosa. Fue en este mismo estado y postura que la encontró Roger unos minutos antes, cuando abrió la puerta del coche para sacarla del maletero e interrogarla.





Manel Joan i Arinyó, "El cas Torreforta"

jueves 26 de febrero de 2009

SALONCITO

El saloncito se dio a conocer como tal en un programa de televisión. Desde hace algunos meses, Barca, Shayara y yo llamamos saloncito a pasarnos horas en el msn y hablar de cualquier cosa, de lo que sea, y eso es lo mejor de todo. Porque lo mismo hablamos de un programa de televisión, que de un problema personal, que de comida, que de cualquier cosa...



Nos contamos cosas, nos reímos, también lloramos a veces, pero eso no importa, porque las risas lo superan todo... Desde hace un par de semanas, yo no estoy tan al 100% como antes en el saloncito y es algo que echo mucho de menos. Así que a ver si reorganizo mi vida y me termino de recuperar y me pongo otra vez en el saloncito, que lo echo mucho de menos, de verdad.


Barcaaaaa: un besazo mi niña, que yo también te quiero mucho y gracias por todo!! Volveré pronto, lo prometo.


Shayaraaa: dónde te metes, que estás más desaparecida que yo, que ya es decir?? jajaja. Vuelve pronto tú tambien ehh. Un besazo.

miércoles 25 de febrero de 2009

CREPÚSCULO

Hablando con Barca un día me dijo que tenía que ver la película de Crepúsculo. Fue pasando el tiempo y, hoy aún no la he visto. El caso es que ella me recomendó también que, si podía, que me leyera los libros, como ella ha hecho, que me iba a gustar muchísimo, y más que la película.

Así que, yo tan obediente como siempre, decidí hacerle caso y el otro día me compré el primer libro de la saga. Llevo ya unas cuantas páginas leídas y la verdad es que me está encantando el libro. Así que, lo de ver la película, de momento, como que paso. Me termino el libro y luego ya veremos.

Sin duda, acerté haciéndole caso a Barca (ella ya sabéis que en su blog también dice que el libro es buenísimo). Así que, si queréis, hacedle caso vosotros también porque no os arrepentiréis.

martes 24 de febrero de 2009

VUELVE LA CHAMPIONS... Y MÁS

Esta noche, después de un par de meses de parón, vuelve otra vez la Champions. Como ya sabéis, a mí me gusta mucho el fútbol y me alegra enormemente que vuelva esta competición, porque puedo ver mucho fútbol y me lo paso en grande.


El hecho de que vuelva la Champions, a mí me trae más recuerdos. Cuando regresan estos partidos, me acuerdo que dentro de poco, ya viene el buen tiempo, la primavera, que los días se van volviendo a hacer más largos, poco a poco y muchas cosas más.


Sé que os parecerá una tontería pero a mí es algo que me alegra y, en estos momentos, no me viene mal un poquito de alegría, aunque sea de esta manera.

lunes 23 de febrero de 2009

UFF QUÉ DOLOR

Qué suerte que tengo oye! Esto es una cosa increíble. Primero se me "cruzan" los cables y necesito estar un poco apartada de todo, o de casi todo, y cuando ya me veo con fuerzas de regresar por estos mundos cibernéticos, toma ataque de anginas mezclado con faringitis (según palabras del médico). Buff es tremendo estar hasta con el cuello hinchado y sin poder articular palabra, dos días en la cama con casi 40ºC de fiebre y dos días sin comer (bueno, así voy recuperando los atracones de las noches de ordenador jajajaj). Poco a poco estoy mejor, así que cuando tenga las fuerzas al 100% volveré por aquí, que yo no desaparezco así como así.... jumm...

domingo 22 de febrero de 2009

Los dos ocupantes de la furgoneta gris y negra no perdían de vista la ventana iluminada del piso de Montse. Dejarían pasar un cuarto de hora más. Si entonces todavía no se había ido el visitante, telefonarían para pedir instrucciones.

"Yo no podía arriesgarme a que le hicieran a mis hermanas lo mismo que le habían hecho a Sandra. Por eso no he dicho nunca nada...". Montse ya había leído dos o tres veces el texto manuscrito de Héctor. Arregló curiosamente las hojas, las dobló y se acercó a Roger, que estaba sentado en el sofá, aguantándose la cabeza con las manos. Encima de la mesa se había quedado también el sobre, ahora vacío, que le había dado Bohigues. Y, a su lado, las dos páginas a color de Cataluña Rosa. Correspondían al reportaje "la crème de la crème". En casi todas las fotografías aparecía el anfitrión , circunstancia que no era para sorprenderse. Lo que sí que les descolocó fue que en una de ellas estuviera Belinda!

El inicio del reportaje empezaba así: "Como todos los veranos, el plástico de la jet, Agustín Rovellat, ha ofrecido su tradicional caldo de pescado a lo mejor de la gente guapa del país. En el marco incomparable del jardín romano de su casa de veraneo..."

- Tenemos que encontrar esta casa como sea. Roger, ¿me escuchas?- le dijo Montse-. ¿Te encuentras bien?- le preguntó, mientras se sentaba a su lado y le acariciaba para consolarlo.

Roger asintió con la cabeza y ella advirtió que, efectivamente, estaba mucho más sereno que media hora antes. Puede ser que fuera la una o las dos de la mañana.

- Belinda tiene que saber dónde está esta casa!- volvió Montse a la carga.

- Sí, está claro!- corroboró Roger muy empeñado-. Esta sabe eso y muchas cosas más- se exaltó más todavía. Después se levantó encendido, nervioso-: y me las dirá! Esta noche mismo me las dirá! Me voy a buscarla!

- Te acompañaré!- se ofreció Montse.

Ella cogió la página donde estaba la foto de Belinda y negó con la cabeza antes de indicarle:

- No. Me daré más prisa si voy solo. Tú espérame aquí y estáte preparada por si todavía tenemos que salir esta noche.

- Estamos jugando con fuego! Vamos los dos...- insistió ella.

- No. Si tiene a alguien más delante no dirá ni una palabra!

- Entendidos- se conformó ella-. Pero vigila!- le recomendó.

Después le acompañó a la puerta y le volvió a preguntar si se encontraba bien. Él le respondió que sí, que no sufriera. Este intercambio de frases lo habían mantenido mientras tenían la puerta abierta y él se disponía a salir. Hubo una pausa de miradas muy significativas.

- Te quiero- le dijo ella en un susurro e insinuó un movimiento de aproximación.

Él dijo que sí con la cabeza y parecía que sonreiría. En seguida agachó la cabeza y se fue.

Cinco minutos más tarde aquello se convirtió en temeridad al volante.


Montse aprovechó para fotocopiar la declaración de Héctor y las páginas de la revista con su aparato de fax. Después abrió una caja fuerte que tenía camuflada debajo del pavimento y guardó las copias. No pudo reprimirse y leyó lentamente los títulos de las cintas que tenía guardadas: "Vicente Vila - 1994, Jaume Calvet, Scala Dei, Antonio Castro, Jordi Solé...". De algunas sólo conocía ella su existencia. Antes de cerrar la caja se lo pensó, pero metió también el sobre que le había dado Bohigues, con todo su contenido.

Estaba en la cocina preparándose un vaso de leche cuando sintió el timbre de la puerta. "Roger, que se ha vuelto a dejar las llaves. Pero sí que ha vuelto rápido", reflexionó Montse, y se fue a abrir. Cuando pasaba por el comedor, sonó el teléfono. Entonces apresuró el paso para abrir la puerta y después descolgar el auricular antes de que saltara el contestador automático. Pero no llegó a tiempo.

- Llego a Barcelona mañana a las 8 de la mañana- sonó metálicamente la voz de Calvet en el silencio de la casa-. No sabes la alegría que me daría si vinieses a recibirme al aeropuerto... Ah, agárrate: ninguno de los pelos que recogimos en Scala Dei son de Héctor! Pertenecen a cuatro hombres diferentes y todos deben tener más de cuarenta años. Puede ser que cincuenta o incluso sesenta en alguno de los casos. Te lo explicaré con detalle cuando nos veamos. Ahora cuelgo. Adios.

Aquí se acababa el mensaje.

Tras esto, una mano enguantada sacó la cinta y se la guardó en el bolsillo. En ese momento, empezó el quebradero: la mesa de edición, el vídeo, el televisor, el teléfono, el fax, el ordenador... Como también la confiscación del material para el reportaje: cintas, papeles, cassettes...

- Roger, por favor, deja de presionarme o al final me harás sentir manía persecutoria- le pidió Belinda, que ya estaba durmiendo cuando él llegó. Había tocado a todos los timbres del telefonillo y ella tenía claro que, si no le abría, era capaz de montar un escándalo.

- Perdona que te moleste a estas horas, pero sólo podía acudir a ti- se excusaba Roger.

Todo tan suave hacía difícil presagiar que al cabo de unos segundos estallaría todo como una bomba de relojería. Ocurrió cuando él le preguntó cómo se iba al chalet de Agustín Rovellat y ella le respondió que no lo sabía. A Roger no le pasó desapercibido que en la cara de Belinda se habían encendido los sensores de alarma y, cada vez más exaltado, insistió:

- Pues no lo sé! ¿Qué pasa? ¿Por qué lo tendría que saber si no he estado allí nunca?- reincidía la monitora en su falsedad.

- ¿Qué dices?- gritó él mientras la cogía por el codo-. ¿Que no has ido nunca? Tú no te vas a volver a reir nunca más de mí: mira esto!- le ordenó Roger y le puso la foto delante de las narices.

- A mí déjame en paz!- le replicó ella mientras se revolvía y se soltaba de la mano de Roger-. No compliques más las cosas!

- Tú me dirás dónde está el chalet! Ya lo creo que me lo dirás!- manifestó Roger con firmeza, al mismo tiempo que avanzó hacia ella y con la mano izquierda, le cogió las solapas del albornoz y del pijama.

Aquellos indicios de violencia hicieron que Belinda empujara a Roger con las dos manos y lo estampara contra la pared. Él acusó el golpe de dos maneras muy diferentes. Por una parte, notó que el cuerpo se le desconjuntaba, pero al mismo tiempo notó que se le envenenaba la sangre. Así pues, descargo contra ella y le soltó un puñetazo en el pómulo derecho que la hizo caer sobre la mesa; de allí fue a parar al suelo a causa de la inercia. Por unos segundos, Belinda perdió el mundo de vista.

Cuando recobró el conocimiento estaba acostada en el suelo y tenía sobre el pecho una rodilla de Roger. Éste la sujetaba firmemente por el pelo con la mano izquierda, mientras que la derecha, con el puño cerrado, la tenía preparada para darle de nuevo con todo el rigor. Ella estaba tan aturdida por el golpe y el batacazo que no acertó ni a pedirle clemencia.

- No es que me lo dirás! Es que encima me llevarás!- le aseguró Roger.

En seguida la tuvo derecha y de camino hacia el coche.

- Déjalo correr, Roger, déjalo correr...- solicitó Belinda en un suspiro durante el frenético recorrido por las calles de Tarragona. Y se maldecía por haber sido tan ingenua de haberle abierto la puerta del piso. Por no haberlo enviado a hacer puñetas la primera vez que se presentó pidiéndole la cinta del primer festival...


- Primero hay que ir a Reus- fue la indicación de Belinda cuando entraron en el vehículo.

Él cogió la autopista exprimiendo al máximo el motor del Peugeot 309. Cuando llegaron a la capital del Bajo Campo, ella le indicó que cogiera la carretera de Falset. "No!", Roger notó un escalofrío por toda la espalda: era la ruta para ir a Scala Dei. Pero no dijo nada, sino que la amenazó otra vez:

- Si me engañas, pobre de ti.

Ella, llena de pánico, se encogió en el asiento.

La carretera era cada vez más costosa, estrecha y llena de curvas. Con el firme irregular y algunos cambios de rasante muy comprometedores, no era precisamente la más adecuada para la velocidad que Roger imprimía a su vehículo. Ya habían estado dos o tres veces a punto de estrellarse, pero él continuaba pisando el acelerador a fondo.

Finalmente, llegaron a Falset y Roger le preguntó si tenían que continuar hasta Masroig o desviarse hasta Gratallops. La segunda dirección era la de la antigua cartuja.

- No estoy segura...- balbuceó ella y Roger lo vio todo negro. Paró el vehículo en la cuneta-. Sólo he ido una vez a aquella casa y no me fijé mucho...

Tenía el pómulo izquierdo tumefacto y le temblaba espasmódicamente.

- Tengo frío!- se quejó, abrazándose ella misma-. Roger!- dijo ella buscando la protección del hombro y el pecho del chico.

"Esta se las sabe todas", se dijo, fastidiado. "Si bajo la guardia, soy hombre muerto...". No la bajó, al contrario.

- Tenemos dos opciones- le dijo gravemente-: o tú me llevas rápidamente a la casa de Rovellat o yo te ahogo! Elige una de las dos, deprisa!

- Tenemos que rehacer parte del camino- acabó confesando ella-. Te tienes que desviar hasta Riudecanyes. Está entre este pueblo y Cambrils, en el término municipal de Montbrià o Montbrió.

Se refería a Montbrió del Campo. Roger dedujo que la noche trágica los criminales y las chicas tuvieron que hacer el otro trayecto , el corto, es decir: Salou-Cambrils-Montbrió.

Belinda todavía ensayó algunas estrategias, pero al final llegaron al camino que llevaba al chalet. En cuanto Roger lo vio, entró al bosque para ocultar el coche entre unos árboles y le preguntó:

- ¿Qué hay aquí dentro? ¿Qué se esconde en esta casa?

- No lo sé- fue la respuesta de la chica.

- Dímelo y no acabes con mi paciencia. Dime qué venías a hacer aquí.

- Soy amiga del doctor Rovellat y él me invitaba a sus fiestas. Eso es todo. Y ahora, vámonos.

Roger, sordo a la petición, salió del coche, fue hacia la puerta de Belinda, la abrió, la cogió del brazo y la sacó.

- Entraremos en la casa- le aseguró.

- No!- protestó ella-. Nos buscaremos problemas.

- Está bien-. Roger la hizo caminar hacia la parte posterior del vehículo-. Si tanto miedo tienes, escóndete aquí.

- Déjame irme- le dijo ella espantada-. Yo no tengo nada que ver en esto!






Manel Joan i Arinyó, "El caso Torreforta"

sábado 21 de febrero de 2009

"TULIPÁN" (AMAIA MONTERO)

Canción que le dedica Amaia Montero a sus ex compañeros de La Oreja de Van Gogh. Espero que os guste. A mí me encanta.




Diciembre del 96 y ese shalalalaralala
que unió el destino de cinco caminos y un viejo pintor holandés
mezcla perfecta de magia secreta de tardes de lluvia y café
notas de música hicieron el resto,vivimos un sueño, ya ves


¿Cómo olvidarme de tantos momentos, de tantas palabras de amor?
Muertos de risa, vivimos la vida y yo ahora canto esta canción


Que siempre os echaré de menos,
que lo demás son sólo cuentos.
Siempre seréis mis cuatro ángeles
y mientras viva lo recordaré.


Que siempre os echaré de menos,
que lo demás son sólo cuentos.
Siempre seréis mis cuatro ángeles
y mientras viva lo recordaré.


Durante once años más de ese shalalalaralala
nos acompañó a recorrer de la mano,
lugares del mapa mundial, luces, conciertos, vida en aeropuertos,
miradas de complicidad,
pero el hechizo hubo de romperse, el resto la historia dirá


¿Cómo olvidarme de tantos momentos, de tantas palabras de amor?
Muertos de risa, vivimos la vida y yo ahora canto esta canción


Que siempre os echaré de menos,
que lo demás son sólo cuentos.
Siempre seréis mis cuatro ángeles
y mientras viva lo recordaré.


Que siempre os echaré de menos,
que lo demás son sólo cuentos.
Siempre seréis mis cuatro ángeles
y mientras viva lo recordaré.


Siempre seréis mis cuatro ángeles
y mientras viva lo recordaré.


Que siempre os echaré de menos,
que lo demás son sólo cuentos.
Siempre seréis mis cuatro ángeles
y mientras viva lo recordaré.


Que siempre os echaré de menos,
que lo demás son sólo cuentos.
Siempre seréis mis cuatro ángeles
y mientras viva lo recordaré.



viernes 20 de febrero de 2009

Enero de 1994:



El coche de Héctor circulaba por una carretera secundaria por medio de campos de almendros y olivos.

- ¿Pero dónde vamos, si se puede saber?- preguntó Eva, intranquila.

- A hacer la mona- respondió Héctor sin pensar, que en seguida se volvió a dormir.

A pesar de la atmósfera de dramatismo que comenzaba a enturbiar el ambiente, la salida de tono del dormilón hizo reir a todo el mundo.

- Ya se ha hecho demasiado tarde para ir allí. Volvamos a Discomaníac- exigió Sandra, autoritaria.

- Ya hemos llegado a puerto- les anunció Ramón.

Se encontraban dentro del jardín de una casa imponente. Era una construcción antigua que, según como, hacía pensar en una fortaleza. La parcela estaba rodeada por un muro de obra alto y consistente, pero ellos se encontraron la puerta abierta. Alrededor se podían ver motivos ornamentales de la época romana. Destacaba una estatua de mármol de Diana, la diosa cazadora. Los faros del coche la habían iluminado fugazmente.

Las chicas de Torreforta estaban sobresaltadas. La magia de la noche se había oscurecido.

- ¿Dónde nos habéis traído?

- Esto no es ninguna discoteca.

- No queremos entrar aquí!- fueron los últimos gritos que dijeron antes de que el coche entrara al garaje, situado en el extremo izquierdo de la construcción. Era semisótano y oscuro como una garganta de lobo. La puerta estaba abierta también, pero se cerró tan pronto como el coche entró dentro.

Desde el jardín se adivinaban cinco siluetas de hombre detrás de la cortina de una ventana. Tenían copas y cigarros en las manos. También se veía el aspecto siniestro de un doberman. Simultáneamente a la entrada del vehículo en el garaje, todos ellos se desplazaron en dirección hacia aquella parte de la casa.

Dos o tres minutos más tarde, la puerta del garaje se abrió y el Renault 19 salió reculando. Sus faros iluminaron la fachada de la casa y la estatua de Diana. En la ventana de antes ya no había luz.

Héctor, que continuaba en el asiento de detrás, abrió los ojos de golpe y preguntó por Sandra. Luchaba por mantenerse despierto, estaba demasiado tocado y una y otra vez perdía la consciencia. No se dio cuenta ni de que ahora tenía a Salva como compañero de asiento.

- ¡Qué tío! ¿Todavía tienes más ganas de marcha? Dale mambo!- ordenó Ramón enérgicamente.

Salva no dejó que lo repitiera y se sacó del bolsillo una petaca y se la puso en la boca a Héctor.

- Bébete esto y verás qué marcha te dará- le animó. Los efectos barbitúricos de cinco comprimidos de Oasil Relax, potenciados por el vodka en el que los habían disuelto, se manifestaron en seguida.


A la mañana siguiente un empleado doméstico regó el amplio jardín de la casa. Fue la única actividad que se vio en el exterior de la casa durante las horas de sol de aquel domingo de enero.

Por la entrada llegaron dos vehículos: la Nissan Serena gris con los laterales inferiores negros, conducida por Salva, y el Renault 19 de Héctor con Ramón al volante. La puerta del garaje se abrió y la furgoneta entró. Ramón se quedó en el jardín y aprovechó para hacer la maniobray encarar el Renault hacia la puerta de la finca. Después bajó y se fumó un cigarro. Vio los mismos cuatro coches de la tarde: dos BMW, un Audi y un Volvo. Uno tenía matrícula de Valencia, otro de Zaragoza y los dos restantes de Madrid.

La furgoneta salió del sótano, atravesó el jardín y enfiló la carretera hacia abajo. Ramón entró en el Renault, lo puso en marcha y la siguió.


Tres cuartos de hora más tarde, los dos vehículos estaban en una nave inustrial abandonada. A quince metros del coche, aproximadamente, Salva preparaba un equipo de grabación compuesto de cámara, trípode, antorchas y grupo electrógeno. Ramón, mientras tanto, hizo correr una puerta lateral de la furgoneta y, sin entrar, apartó unas cajas que disimulaban un doble fondo. Lo abrió y dentro estaba Sandra. Amordazada, tenía una venda en los ojos y estaba atada de pies y manos. La sacó del coche y la dejó tirada en el suelo.

Los torturadores se habían ensañado tanto que apenas le quedaba un aliento de vida. "Mal asunto", pensó Ramón. Y, nervioso, le quitó la mordaza, la venda y las ataduras de las manos y los pies. En seguida le dio una bofetada y ella soltó un grito como si fuera una recién nacida.

- No, por favor!- comenzó a implorar-: matadme si queréis, pero más no, por favor!

A Ramón se le dibujó una sonrisa diabólica. De un zarpazo la hizo levantarse y la llevó hacia la zona donde estaba Salva. Ella no podía ni caminar y, si avanzaba, era a causa de los trompazos que recibía. Sólo tenía ánimo para suplicar:

- No, más no! Por favor! Ya basta! Dejadme! Matadme...

- Todo llegará- murmulló entre dientes Ramón que le dio un golpe más fuerte y la hizo caer al suelo.

No podían perder ni un segundo. Mientras Salva continuaba engrescado en la preparación del equipo de vídeo, el otro se dirigió hacia el Renault 19, abrió el portaequipaje y consiguió sacar a Héctor que, como Sandra, también quedó extendido en el suelo, casi sin conocimiento. A diferencia de la chica, él no había recibido ninguna paliza, pero los sedantes que le habían suministrado y las horas de ayuno postración le habían abocado a un estado de extenuación lamentable. Amordazado y atado de pies y manos, su rostro refeljaba la pavor extrema del reo delante del verdugo. El puñal que Ramón acabó de levantar le puso a tono.

- Levántate, hombre!- le dijo este, amable, y le ayudó a levantarse cogiéndolo del brazo.

Cuando ya lo tuvo derecho, se puso la mano libre en la parte posterior de la cintura. La volvió a sacar y empuñaba un revolver del 38 especial. Como el que no quiere la cosa, le puso la punta del cañón en un ojo. Héctor estaba muerto de miedo y aquello provocó que ramón se superara en su interpretación.

- Tranquilo, colega! ¿Qué son estos temblores? Con nosotros no tienes que temer nada. Somos hermanos de nariz, no? O puede ser que estás emocionado? Oh, y tanto, ahora lo entiendo: tú ya la has husmeado, la chica que te está esperando con los brazos abiertos para que la transportes a la gloria!- le dijo, y Héctor todavía se acojonaba más.

Ramón le liberó de las cuerdas y de la mordaza y, sin dejar de apuntarlo en ningún momento, empezó a llevarlo hacia el lugar donde estaba Sandra. Por el camino, el camello vio en el suelo una estaca puntiaguada y la cogió.

- Mira, qué punta más guapa!- dijo con una sonrisa irónica, lúgubre como el sol-. La cogeré por si acaso se nos aparece algún vampiro.

Cuando ya estaban cerca de Sandra, Salva se propuso emular los despropósitos verbales de su compañero:

- Por fin! Por fin tenemos juntos a Romeo y Julieta! Te ha costado, pero todavía quedarás como un hombre y pagarás las deudas del juego.

Héctor vio a Sandra en aquellas condiciones tan deplorables y quedó alucinado. Ramón se dio cuenta y le dio tal golpe en el culo que le hizo caer encima de ella. Salva protestó, enérgico.

- No le vuelvas a pegar!- después se acercó a Héctor y le incitó para que violara a Sandra-: Venga, va. Cumple con tu parte del trato. Fóllatela y os podréis ir.


A Ramón se le escapaba la risa al oir el sarcasmo de Salva. Para reponerse, dejó paso al histrionismo más demente:

- Motor! Cámara! Acción!- y el otro comenzó a grabar.

La cosa no dio ningún resultado, ya que el único movimiento que hizo Héctor fue separarse de la chica. El pobre parecía hipnotizado por el tétrico aspecto de Sandra, con la nariz y los labios abiertos y llenos de sangre, el pelo sucio y el cuerpo con heridas de toda clase.

El improvisado director hizo una señal a Salva para que parara el vídeo.

- La pena negra, Héctor, qué mal acostumbrado que te tenemos!- le gritó, y se le acercó con decisión.

Lo cogió del pelo e hizo que se quedara sentado en el suelo.

- Prepárale una buena ralla!- indicó a Salva.

Éste cortó la cocaína sobre la superficie de un billetero de piel negra y, tanto si quería como si no, obligaron a Héctor a esnifarla. "Aquella cartera..." A continuación Ramón le hizo un gran corte en la bragueta con el puñal y en seguida lo tuvo otra vez encima de Sandra.

- O tú te comportas como un hombre o yo te empalo!- le amenazó encarándole la estaca en el culo-. Y después te corto los huevos y te los hago comer.

Salva continuaba no queriendo ser menos que el otro y, loco de lascivia mimaba a Sandra y le susurraba, baboso:

- Al final lo harás con tu príncipe azul y podrás enseñarle todo lo que sabes.

A Héctor le costó mucho empezar pero al final, lo consiguió y empezó a follarla con ímpetu salvaje, ansioso por acabar pronto y poder irse. Ella gemía, se quejaba de dolor, le insultaba, con las pocas fuerzas que le quedaban luchó para descabalgarlo, pero no lo conseiguió. Le arañó la cara y la espalda, hecha un mar de lágrimas.

- No, tú, no, Héctor! Tú, no, por favor... Tú, no!- le suplicaba.

- No te separes!- ladró Salva cuando Héctor, apenas había terminado hizo el gesto de separarse-. Continúa! Continúa! Golpéala!- le incitaba también a los malos tratos.

Sandra ya no ofrecía resistencia. Sólo gemía sordamente y cerraba los ojos para no ver otra imagen de su infierno particular. Pero seguro que en una fracción de segundo intuyó la nueva modalidad de suplicio a la que sería sometida.

De nuevo había actuado la pareja de sádicos para sacarle a Héctor de encima y colocarla boca abajo.

- Venga, chico, a cumplir!- le había mandado Ramón a Héctor, mientras Salva se volvía hacia la cámara para continuar grabando-. Huummm...

Y volvieron los gritos estridentes de Sandra y las convulsiones terribles y el dolor que le aguijonaba el recto como si la estuvieran penetrando con un hierro.

Esta vez Héctor se separó de Sandra sin haber eyaculado y, avergonzado de su vileza, se alejó poco a poco, centímetro a centímetro. Se sabía impotente de emprender ninguna acción, por insignificante que fuera, en beneficio de él y de la chica. Pero en seguida, al darse cuenta que Ramón se había colocado una capucha y se acercaba a ella con la estaca en una mano y el puñal en la otra se enrabió y el miedo dejó de temblarle en las piernas. Todavía estaba en el suelo.

- Ahora me toca a mí- había dicho lúgubremente el verdugo feroz.

La reacción instintiva de Héctor no pasó desapercibida para Salva, que le colocó la boca del cañón en la cara y le dijo que no con la cabeza. No fue necesario que le insistiera. Entonces el pistolero consideró que había llegado el momento de leerle la letra pequeña. Y se sacó del bolsillo la cartera de antes y se la enseñó a Héctor, que ahora la reconoció inequívocamente... Era la suya.

- ¿La conoces?- le preguntó, aunque no esperaba ninguna respuesta.

En seguida la abrió y sacó una fotografía en la que se veía a Héctor abrazar a unas chicas de doce y catorce años, respectivamente; rubias y con caras de angelitos.

- Qué hermanas tan majas que tienes, colega!- exclamó el degenerado-. ¿No nos aceptarías como cuñados?- le propuso mientras hacía gestos obscenos con el puño y el bajo vientre.

- No, a mis hermanas, no!- bramó Héctor, estremeciéndose perturbadoramente y revolviéndose de violencia contra Salva.

Éste no se dejó sorprender y de un golpe de culata en la cabeza lo dejó tirado en el suelo. A continuación se fue a grabar las acciones de Ramón.


El desmayo de Héctor duró muy poco. Los gritos inhumanos de Sandra le hicieron volver en sí antes de un minuto. Después se sintieron tres tiros, que retumbaron dentro de su cráneo cmo si le hubiera reventado. Se puso a gemir impulsivamente, a llorar. Se tapó la cara con las manos, porque se quedó tan imbécil que no podía dejar de mirar el cadáver de Sandra, que ahora colgaba de una viga. Y se las vio llenas de sangre, las manos. De sangre de Sandra que él, con su cobardía, había colaborado a hacer brotar. Después no se dio cuenta de la huída de los asesinos, que se fueron con la Nissan.


La misma Nissan que en mitad del polígono deslumbró a Quim Aumatell, que conducía su 124.

- Cojones! No pondrá las cortas, el cabrón!- renegó el punk.

Al lado de Quim estaba Jordi Solé, que pegaba cabezadas de sueño, mientras que en el asiento de detrás Joan Albiol y Josep Miquel saboreaban un porro cargadísimo: "Qué triste es la vida del okupa....", se quejaba poéticamente el segundo.





Manel Joan i Arinyó, "El cas Torreforta"

jueves 19 de febrero de 2009

VUELVO A LAS ANDADAS

Había una canción de Estopa, de su segundo disco (Destrangis) que empezaba con esta frase: "vuelvo a las andadas".
Pensando y repasando la letra de la canción me doy cuenta de que en algo se puede identificar conmigo algunas frases: "creo que va a estallar una olla a presión dentro de mi cabeza", "un grito que se escapa de una garganta muda"...
Todo ésto viene a que hace unos días decidí hacer una cosa que causó un gran revuelo a mi alrededor y que yo hacía firmemente convencida, pero pasando los días y las conversaciones me he dado cuenta que no es lo que quiero para mí.
Seguiré pasando por aquí cuando pueda y os pondré al día

miércoles 18 de febrero de 2009

Un compañero le dijo que preguntaban por ella. Montse cogió el teléfono y sintió, entre suspiros:

- Soy Nuria. Héctor ha muerto. Te volveré a llamar en cuanto pueda. No hables con nadie del tema.

Después llantos y la señal de haberse cortado la comunicación.


En la celda de Héctor y sus alrededores, tres o cuatro funcionarios luchaban para no dejar pasar a los reclusos que querían ver el cuerpo de su compañero. Tan pronto como corrió la noticia por las diferentes galerías, todos los reclusos iniciaron su concierto de indignación y protesta. “Chap, chap, chap”, sonaban sus objetos contundentes al chocar contra los barrotes de la celda. “Chap, chap, chap!” crecían y se multiplicaban las muestras de rabia y de rechazo.

Héctor había aparecido colgado con una sábana atada a los barrotes de la ventana. Lo descubrió su compañero de celda cuando volvió de tomar el desayuno. Ni en el cadáver ni en la celda se detectaban señales de que se habían producido actos de violencia.


Montse se había quedado con el auricular en la mano, medio alucinada.

- Ismael!- reaccionó, por fin, enérgica-. Coge el equipo que salimos disparados.

El técnico le respondió que no había ninguna unidad móvil libre. Entonces ella le dijo que no importaba, que irían con su coche. Antes de salir de Informativos, le dejó un recado a la compañera de mesa de Roger.

- Si viene, dile que no se mueva de aquí, que yo lo llamaré.


Cuando el coche de Montse salió del recinto de TV7 una furgoneta gris con los laterales inferiores negros la siguió. Esta vigilancia quedó interrumpida en un semáforo de la Rambla Vieja. Montse estaba tan nerviosa que se lo pasó en rojo. Y, como el vehículo que estaba entre el Audi y la furgoneta sí que se paró, ésta quedó bloqueada y sus ocupantes perdieron de vista a los de TV7.

De todas maneras, cinco minutos más tarde el ímpetu de Montse quedó reducido a mera y simple impotencia. El guardia de la puerta de la cárcel tenía órdenes muy estrictas y no pensaba complicarse la vida: sólo dejaría entrar al forense, al juez de vigilancia penitenciaria y al furgón del tantatorio.


Nuria no paraba de llorar mientras le señalaba a Montse el trayecto. De tanto en cuando, suspiraba. (Ismael se había vuelto a los estudios en taxi).

Salieron de Tarragona y cogieron la carretera de la costa en dirección a Salou. Por fin, cuando pasaron por delante del primer complejo industrial, la monitora empezó a explicarle cosas a la periodista.

Hacía dos días que Héctor había podido hablar un momento a solas con ella. Nuria le encontró muy intranquilo, temeroso, como si se sintiera amenazado. Lo único cierto es que le acabó de contar todo aquello que otras veces sólo se lo insinuó. Él no había matado a Eva y Lorena. Él no había matado a Sandra. Él no había matado a nadie nunca! A nadie! Al principio no entendía nada, estaba sumergido en una confusión mental permanente. Pero poco a poco, a fuerza de pensar y pensar obsesivamente y de atar cabos había conseguido reconstruir el rompecabezas macabro, el engranaje perverso en que se vio involucrado. En este proceso había invertido más de dos años.

- ¿Y?- Montse estaba nerviosa porque la otra le contara todo el lío de la historia.

- Afloja un poco- le advirtió Nuria-: pronto tendrás que desviarte a la derecha.

La idea de Héctor era confesarse con algún familiar de las chicas. De hecho, había pedido a Nuria que le hiciera venir al padre de Sandra, pero ella le advirtió de la posibilidad de hablar con Roger y él accedió.

- ¿Y por qué había callado hasta ahora?- se interesó Montse.

- Yo te lo diré: tan pronto como entró en la prisión, sus protectores intramuros le advirtieron que le harían la corbata colombiana si hablaba.

- ¿Qué es eso de la corbata?- dijo Montse.

- La corbata colombiana es una de las prácticas de tortura más sanguinaria que se conocen. Consiste en cortar el cuello de la víctima y hacerle sacar la lengua por la abertura!- le aclaró Nuria, que de tanto en cuanto tenía escalofríos.

Aún así lo que más le preocupaba a Héctor no era su vida, sino la de sus padres y, fundamentalmente, la de sus hermanas. Por eso no había hecho absolutamente nada por defenderse hasta que la familia no se había ido a vivir muy lejos de Tarragona. Hacía unos meses solamente.

- Gira por aquí y párate allá- le indicó Nuria.

- ¿Por qué me has traído aquí?- le dijo Montse.

Estaban en el aparcamiento de Discomaníac.

Y todavía estaba el agravante de que las vallas publicitarias impedía que las vieran desde la carretera.

- Porque es aquí donde hemos quedado con quien te tengo que presentar. Pero antes, déjame decírtelo todo- y Nuria tragó saliva antes de continuar hablando.

Según ella, todavía se hacía cruces por lo que había ocurrido. Pero cuando se dio cuenta estaba bien colgada por Héctor, se había enamorado perdidamente. Le costó mucho admitirlo, mucho, pero se tuvo que rendir a la evidencia: los sentimientos habían podido más que los mil muros de prevención que ella había puesto entre los dos. Ahora bien, por miedo al qué dirán, no quiso formalizar nunca ningún tipo de relación. Y ahora, se arrepentía.

- Si yo hubiera actuado de otra manera… Si hubiera sido una mujer valiente, puede se que él ahora estuviera vivo y en libertad- se lamentaba.

Además los miedos y los prejuicios la habían hecho ver siempre fantasmas alrededor. Cuando llegaron Montse y Roger, en seguida intuyó que lo único que perseguían con todo aquel montaje era tener acceso a Héctor para hacerlo hablar del caso Torreforta. Y decidió interponerse.

- Ahora ya no hay nada que hacer. Nadie le devolverá a la vida. Pero aún así, os quiero pasar el testimonio de su rehabilitación. Yo no tengo fuerzas para nada, soy demasiado cobarde y abandonaría al primer obstáculo. En cambio, sé que Roger y tú llegaréis hasta donde haga falta para aclararlo todo. Estoy segura. Tenéis todo en vuestra mano para triunfar. Porque actuáis por amor!

Montse la miró. De buena gana habría encendido el coche y habría huido de aquel descampado para integrarse nuevamente en la civilización protectora…

- Cuidado…. Le recomendó Nuria, que ahora tenía ojos de pánico-. Todo esto es muy peligroso. Yo no creo que Héctor se haya suicidado.

En aquellos momentos llegó un Opel Corsa de color blanco. Paró cerca de ellas por el lado de Nuria y bajó del coche un chico chepado y cojo. Caminaba con muletas y debía acercarse a los treinta años. Después de hacer una especie de saludo con la cabeza a Nuria, empezó a caminar hacia el Audi. Llevaba un sobre de medio folio debajo del brazo.

Nuria fue a su encuentro e intercambiaron unas pocas palabras. Después ella le precedió hasta el coche de Montse, donde pasó al asiento posterior para dejarle a él en el de delante.

El cojo entró con dificultades y encajó con Montse, que lo encontró sudado y nervioso.

- Me llamo Bohigues- inició su carta de presentación-. Yo era amigo de Héctor. La noche de los hechos lo ví en el aparcamiento de la hamburguesería “Ñam-Ñam”. Él, en cambio, de tan colocado que iba, no me vió a mí. Estaba en compañía de las tres chicas de Torreforta, pero también había dos chicos que yo no había visto nunca antes. No sé por qué me dieron mala espina…

- Y eso que me estás diciendo, ¿por qué no se lo explicaste a la policía?- le interpeló Montse, con rigidez.

Bohigues, por toda respuesta, encogió la cabeza al máximo y se puso bien rojo. Con miedo de mirar a Montse a la cara, le alargó el sobre.

- ¿Qué es esto?- le preguntó ella.

Él le dijo que ni lo sabía ni lo quería saber. Héctor se lo había hecho llegar el septiembre pasado con la condición de que lo pusiera en buenas manos si alguna vez le ocurría alguna desgracia dentro de la cárcel.

- Eso sí, me dijo que no se lo diera a la policía por nada del mundo!-concluyó él su exposición.

- Ten- le dijo Montse mientras le daba tres billetes de diez mil pesetas-. Nuria me ha dicho que te vendrán bien.

Bohigues le apartó la mano muy dignamente y le dijo:

- No quiero dinero. Estas cosas sólo se hacen por amistad. Y, por favor, tú y yo no nos conocemos de nada. No nos hemos visto nunca.

Después, él y Nuria se despidieron de Montse, salieron del Audi y se dirigieron hacia el Corsa. Antes de llegar, Bohigues se giró hacia el coche de la periodista y proclamó a través de la ventan, categórico:

- No tengas ninguna duda: Héctor era un tío legal- y le cogió el dinero de la mano.


Apenas se fueron Nuria y Bohigues, Montse abrió el sobre y lo primero que vio fueron dos páginas de la revista del corazón “Cataluña Rosa”. En seguida se fijó en una fotografía donde aparecía un prestigioso cirujano plástico al lado de una de las principales damas de la jet. Estaban delante de la fachada principal del chalet de veraneo del cirujano. Montse había mirado en primer lugar esta instantánea porque la pareja tenía al lado una estatua de Diana (la diosa cazadora), que estaba rodeada con bolígrafo rojo.
Manel Joan i Arinyó, "El cas Torreforta"

martes 17 de febrero de 2009

BUSCANDO TRABAJO

El sábado por la noche pensé mucho. Demasiado, diría yo. Y aunque me gusta pensar las cosas, siempre acabo dándoem cuenta que no tengo que darle tantas vueltas a la cabeza, porque al final acabo más hecha lío que al principio.

Estuve pensando mucho y me propuse firmemente lo de buscar trabajo, ahora más en serio que nunca. Me pateo las calles de la ciudad desde bien temprano hasta que cae la noche o hasta que ya no me quedan fuerzas para más. No quiero que se me escape nada. Necesito un trabajo ya, y no sólo por el tema económico (que también), sino porque me va a venir muy bien salir a la calle, tener una obligación y despejarme un poco de los "problemas" que tengo.

Os íré contando si esa búsqueda da sus frutos o no...

lunes 16 de febrero de 2009

"PUEDE SER" (CONCHITA)

Esta canción no es que sea muy nueva precisamente, pero quería ponerla aquí porque me gusta mucho y porque en parte me gustaría que resumiera un poco mi forma de pensar estos días. Aquí os la dejo.




Puede ser, que me haya equivocado una y otra vez, pero esta vez es cierto que todo va a ir bien, lo siento aquí en el pecho y en tu cara también.


Y debe ser que pienso igual que ayer pero del revés, todo se ve más claro, más facil, no sé, las cosas se van ordenando solas sin querer.


Y dicen que si una puerta se cierra se abre otra, no sé, más grande, más bonita y más facil que ayer, más facil que ayer. Y esta vez creo que en vez de una puerta viene un ventanal, muy sólido, muy fuerte y con vistas al mar, con vistas al mar...


Y puede ser que me equivoque otra vez y puede ser que vuelva a perder, pero hoy la vida me dice que me toca a mí eso de sentirme bien. Y puede ser que me equivoque otra vez y puede ser que vuelva a perder, pero hoy la vida me dice que me toca a mí eso de sentirme bien.


Y ahora que se marcha la tristeza y las penas también quisiera despedirme diciéndoles que espero que no nos volvamos a ver. Y debe ser que pienso igual que ayer pero del revés todo se ve más claro, más facil no sé, las cosas se van ordenando solas sin querer.


Y dicen que si una puerta se cierra se abre otra, no sé, más grande, más bonita y más facil que ayer, más facil que ayer. Y esta vez creo que en vez de una puerta viene un ventanal, muy sólido, muy fuerte y con vistas al mar, con vistas al mar...

Y puede ser que me equivoque otra vez y puede ser que vuelva a perder, pero hoy la vida me dice que me toca a mí eso de sentirme bien. Y puede ser que me equivoque otra vez y puede ser que vuelva a perder, pero hoy la vida me dice que me toca a mí eso de sentirme bien.



domingo 15 de febrero de 2009

VOLVIENDO A ORGANIZAR TODO

Esta entrada aparece publicada como si se hubiera hecho el pasado domingo, pero no es así (al igual que la de ayer y la de unos pocos días más). En realidad hoy es jueves, bueno, realmente ya es viernes, y os preguntáreis a santo de qué viene tanta tontería, no? Pues el caso es que a finales de 2008 me propuse publicar una entrada en el blog todos los días, porque yo sé lo que me pasa con estas cosas, que al principio lo cojo con muchas ganas pero luego, poco a poco e inexplicablemente, lo voy dejando en el olvido.



Así que, como por unos asuntos he estado bastantes días ausente (y no sé cuántos más voy a estar así) estoy poniendo al día el blog poco a poco. Así que, al igual que esto va a volver a ser lo que era (espero) pues espero que pase lo mismo conmigo ya que bueno, he estado pensando muchas cosas y dándole muchas vueltas a la cabeza estos días.



Con paciencia, creo que se irá solucionando todo...

sábado 14 de febrero de 2009

BARCA Y NUESTRA BODA VIRTUAL

Hoy ha sido sábado 14, día de San Valentín y qué mejor manera de celebrarlo que casándome virtualmente con la niña de mis ojos, con la Barca de la felicidad, esa que siempre sabe sacarte una sonrisa cuando más lo necesitas y sabe hacer que no llores cuando tus ojos te piden totalmente lo contrario. Así que, como véis, me he llevado un gran partido eh? jaja Ayyy mi gallega qué bien me hizo encontrarte aquel día (bueno, aquella noche).

Así que esta entrada va dedicada a ti y al cariño que, gracias a Mari, nos unirá siempre (espero jajaja)




(Por cierto, os iré explicando el desbarajuste del blog y me iré poniendo al día poco a poco)

viernes 13 de febrero de 2009


- Buenas noticias, Montse- fue la bienvenida que le dio Roger a la mañana siguiente cuando la chica entró en la sala de Informativos.

Había llamado Nuria desde la cárcel, como Montse no estaba se lo dijo a Roger: Héctor estaba dispuesto a hablar con ellos.

- Y le podremos grabar, me imagino- aventuró Montse.

- Eso no me lo ha dicho- le respondió Roger.

- Ahora llamaré a Nuria. ¿Qué día tenemos que ir?

- Pasado mañana...

Roger también le explicó que después de hablar con la monitora de la cárcel había recibido una llamada de Antonio Castro. Quiso saber a qué hora le llevarían el dossier. Entonces Roger, impactado por la noticia que le había dado Nuria, no se había podido reprimido de comentársela al padre de Sandra. Éste, contrariamente a lo que él se imaginaba, le había dicho que sí, que trataran de coger al máximo a aquel monstruo!

- ¿Qué dices que has hecho?- le preguntó Montse, sorprendida, intentado contenerse.

- Le he dicho a Antonio Castro que hablaremos con Héctor. ¿No hemos acordado trabajar juntos?- le replicó Roger, ingenuamente.

Montse no pudo evitarlo y reprendió a su compañero. Había que ser más sagaz y elegir la información que se podía dar y la que no. Si no, no conseguirían nunca hacer el reportaje. En este punto, la paciencia y la bonhomía de Roger tocaron fondo y estalló.

- Me cago en los cojones!- gritó, exaltado-. Que le jodan al reportaje, al periodismo, al caso Torreforta, a TV7 y a la madre que lo parió! Yo lo único que quiero es saber quién mató a Eva y por qué; y tratar por todos los medios que se haga justicia! El resto es mierda!

Montse se quedó boquiabierta. De Roger se podía esperar cualquier cosa, menos un acto de furia como aquel. Ahora, ella también tenía su genio. "De acuerdo, chico", pensó en su interior. "Tienes derecho a pensar lo que te dé la gana, pero no eres nadie para joder mi trabajo". Aunque, no obstante, discurrió que si se dejaba llevar por el orgulo aquello habría sido como encender una traca dentro de un polvorín. Por tanto, se mordió la lengua y trató de reestablecer los puntos del diálogo.

- Perdona, Roger- se le dirigió tiernamente-, tienes toda la razón. Es más, no nos engañemos: en mi orden de prioridades, saber la verdad y que se haga justicia también ocupa el puesto de honor. Y por más de un motivo. Como persona, como mujer y... En fin, como buena amiga tuya que me considero.

Roger volvía a ser una balsa de aceite.

Montse pensó que ya miraría ella para hacerle entrar en razón, aunque fuera maternalmente, un poco más alante. Hasta hacerle comprender que, si no actuaba con un poco más de picardía y prudencia, no conseguiría desenmascarar nada nunca. Puede ser que se le presentara la ocasión mientras hacían el camino hacia la consulta de Calvet...


- Sentaos- les indicó el forense. Su rostro revelaba una gravedad extrema.

Encima de la mesa de trabajo tenía todas las fotografías de los cráneos de Scala Dei, como también en la pantalla del visor de radiografías, que estaba iluminada.

- Preparaos para sentir algo muy fuerte- les advirtió. No dramatizaba.

Él había contrastado las fichas de las dentaduras que le había conseguido su primo el dentista con los mordiscos que había fotografiado Montse. Y estaba en condiciones de afirmar, categóricamente, que, como mínimo, siete de los diez cadáveres que ellos desenterraron eran de mujeres desaparecidas los últimos años en las comarcas tarragonenses.

- Todo esto es satánico!- murmulló Roger como si hablara solo-. Satánico!- repitió levantando un poco el tono de voz. Ya hacía muchos días que no dormía bien y se le veía demacrado.

Montse, que también se había impresionado mucho por la revelación de Calvet, exclamó:

- Dios mío! Este asunto está tomando unas dimensiones todavía más aterradoras. No sé qué tendremos que hacer.

Había dos alternativas: acudir a la policía o dejar que investigaran los detectives de Antonio Castro. Ya lo discutirían Roger y ella cuando no estuviera Calvet delante. Éste tenía sus propias ideas y se apresuró a exponerlas:

- Si es verdad que me habéis conseguido el dinero para realizar los análisis, yo no diría nada a nadie hasta que no conozcamos la identidad genética de los últimos individuos que estuvieron con Eva y Lorena.

- Está claro- Roger quiso continuar con el razonamiento-. Y como entonces seremos Montse y yo los que llevemos estas pruebas a la policía y a las acusaciones particulares, si hace falta con cámaras y todo, no habrá ningún peligro de que se extravíen.

Montse parecía perdida en un mar de dudas y optó por no abrir la boca. "¿Durante cuánto tiempo se conformará Antonio Castro a continuar pagando sin recibir ninguna aclaración a cambio...?", se preguntó. Vio aquí una complicación añadida.

En aquellos momentos, justamente Roger le estaba dando a Calvet el medio millón de pesetas en billetes de diez mil. "No te los gastes en vino!", le tendrían que haber recomendado quince días antes. Pero en estas dos semanas se habían obrado milagros en la persona del médico, tanto desde el punto de vista físico como en su conducta. No parecía el mismo. Aún así, Roger sintió una especie de escalofrío mientras le daba el dinero. "A mí quién me asegura que no nos está estafando y que sólo persigue hacer hervir la olla a costa de Montse y de mí...", sospechó.

- Saldré hoy mismo hacia Santiago de Compostela, que es el único lugar del estado español donde se pueden efectuar pruebas de ADN mitocondrial- les aseguró Calvet.

En seguida les explicó que, si los pelos recogidos eran de alguien que estaba fichado policialmente, habría muchas posibilidades de identificarlo. En caso contrario, les serviría de muy poco disponer de la ficha cromosómica de los últimos individuos que mantuvieron un contacto físico con Eva y Lorena. Eso siempre que los pelos no fueran de Héctor ni de las mismas chicas.

- Si salieran otros sospechosos- dijo el médico- entonces sí que podríamos hacer las comparaciones pertinentes.

Como Montse tenía que ir a Barcelona aquella tarde por un asunto familiar, ella misma llevó a Calvet al Prat.

- Házlo como quieras, Jaime, pero acaba las pruebas antes del juicio. Y manténme informada al día- le solicitó después de darle un beso cordial en los labios.


Anna había citado a Roger en su despacho. Acababa de recibir un fax de la policía francesa, donde le confirmaban que la ropa interior de Eva y Lorena formaban parte de la colección de fetiches de un integrante de la red de pederastas de París.

- Matándolos no pagan!- se descontroló Roger que casi sufrió convulsiones. Después se calmó un poco y manifestó-: confío que esta pista dará un impulso a la investigación-. Al mismo tiempo tenía que hacer un esfuerzo por no explicar a la sargento nada de lo que se traían entre manos Montse, Calvet y él.

- De eso se trata- le dijo Anna- de ir recogiendo pistas e ir encajándolas.

En consecuencia, quién era el autor de las fotos. Por una parte tenía que ponerlo en el informe que le había solicitado la Interpol. y por otra parte, como contribución profesional y personal a la causa, ella se había hecho el firme propósito de evitar que ese hallazgo entrara en vía muerta.

- Ten en cuenta- explicó Roger- que hasta ahora hablábamos de un triple crimen sexual; con todo lo que eso tiene de trágico y terrible, pero sin ninguna otra connotación. Ahora, en cambio, el asunto tomaba otra dimensión. Y el deber de la policía es investigar todo lo que haga referencia al caso.

"Fuiste tú el fotógrafo, ¿no?- trató de cogerlo desprevenido.

- Lo siento- le dijo Roger, que ahora, además de tener el semblante serio, también lo tenía triste-: tendrás que decirles que las recibiste de manera anónima. Para mí, el secreto profesional de los periodistas es un derecho sagrado.

La sargento lo miró con gravedad antes de decirle:

- Si yo te dijese que Eva y Lorena aparecieron en un vídeo snaff, ¿reconsiderarías tu postura?

- ¿Qué? ¿Eso es verdad?- se sobresaltó Roger.

- Yo no lo he visto personalmente, pero me lo han asegurado- le respondió ella.

- Estoy muy jodido Anna. Déjame unas horas- le suplicó-. Unas horas...

- No vamos bien, Roger. Créeme- le reconvenció la sargento-. No vamos nada bien.

Cargada de paciencia, le explicó que ella no había insistido nunca por capricho. Al contrario, quería hacerle comprender que en la investigación policial el estudio del detalle más insignificante conducía muchas veces a la resolución de casos complicadísimos.

- Ya ves que para la gente de la calle y para los diferentes medios, todos se creen en el derecho de proclamar que la policía es tonta. Algunos nos acusan incluso de ser elementos de una Gran Conspiración. Y no es eso. Es verdad que muchas veces la inaptitud nos gana, como algunas otras nos dejamos llevar por la inercia. Pero cuenta que en muchísimos casos es la falta de colaboración ciudadana, lo que nos impide llegar a buen puerto...- le explicó también.

Cada día que pasaba, Roger se sentía más cautivado por la mirada de la sargento, tan cálida y penetrante al mismo tiempo. Aquella tarde, aunque tenía la mente medio en blanco, no fue una excepción.

- Malamente del todo!- exclamó ella, severa y le devolvió a la vigilia-. Con tu actitud estás ocultando pruebas, te lo repito.


- No, Roger, no! El otro día, el tema de la ropa interior y hoy los pendientes! No me acuerdo. ¿Cómo tendría que acordarme!?- exclamó Belinda-, si pronto hará tres años que me fui de Torreforta?!

Para Roger el reportaje ya no tenía ninguna importancia, pero había hecho suyos los consejos de Montse. Y en esta nueva visita a la monitora de aeróbic se había guardado para el final la mala noticia. Si se la daba al principio, estaba claro que no sacaría nada positivo. El tema de los pendientes, como era ahora, era una cortina de humo: Montse y él sabían, gracias al vídeo y a las fotos posteriores, que Sandra, al menos en el vestuario del Pabellón Cubierto, llevaba tres pares de pendientes, y uno era el de las esmeraldas.

- Si me dieras los otros vídeos donde salen ellas, me harías un gran favor- manifestó Roger a continuación.

Belinda, cargada de paciencia, le preguntó para qué los quería. Le sudaba la frente y estaba ella un poco acalorada, ya que Roger tenía el don de la oportunidad y siempre que se presentaba la cogía dando clase.

Él se justificó diciéndole que los necesitaba para estudiarlos a fondo y mirar de detectar algún sospechoso de estar involucrado en el secuestro y asesinato de las chicas.

"Sí, escondido dentro de la ducha para verlas en pelotas!", se dijo Belinda y por poco no se le escapó la risa.

- Pues lo siento pero no tengo ni uno- le dijo la monitora, que se dio cuenta que Roger, inquisidor, estaba repasando con la mirada todas las estanterías del despacho.

- No me lo creo- le replicó él.

- No te lo creas, pero es verdad. Siempre los dejaba y ya los he visto bastante- y dicho ésto, Belinda reflexionó que tal vez había hablado más de la cuenta.

Como mínimo dio pie para que él continuara importunándola:

- Dime a quién se los dejabas y yo me encargaré de recobrarlos- le propuso.

La chica la miró derrotada y a Roger le pareció que se disponía a revelarle nombres y direcciones. Tenía el semblante apagado, ella, y le vino una especie de tic al labio inferior.

- ¿Y cómo quieres que lo recuerde después de tanto tiempo, Roger?- dijo suavemente-. A las madres de las alumnas, a alguna abuela o incluso a ellas mismas, ya que después de las actuaciones les gustaba verse en el televisor de casa...

- ¿Y a ningún padre?- le preguntó Roger.

- No- aseguró ella.

- ¿Seguro?- volvió a insistir él.

- Te lo juro- le volvió a confirmar Belinda.

- Mira, móntatelo como quieras, pero necesitamos ver todas las cintas- le advirtió Roger, a quien le había cambiado el tono de voz que ahora era mucho más duro.

- ¿Necesitáis? - repitió ella, con sorpresa-. ¿Quién las necesita?

Roger comprendió que ya no servía de nada continuar aquel juego. Si Belinda sabía algo que podía ser útil para la investigación, no se la diría a él, sino a los profesionales encargados de resolver el caso. Así que la puso un poco en antecedentes para que no le viniera todo de nuevas.

- Me sabe mal- comenzó- pero la policía me está presionando mucho y les tendré que dar la cinta y decirles que es tuya.

- Por favor, Roger, no me comprometas! - le suplicó ella, alarmada-. Tal como están las cosas últimamente, si ven a alguna chica desnuda serán capaces de pensar cualquier bestialidad.

"Tú sabes que yo no sería capaz de hacerles ningún mal. Y no permitiría tampoco que nadie se lo hiciera. Yo sólo las grababa para tener un recuerdo entrañable...

- No me queda otra alternativa -se mostró categórico Roger, que estaba tan triste o más que ella.

Poco a poco, Belinda había ido acercándosele...

- Tú y yo somos amigos. No me hagas esta putada... - le pidió seductoramente.

Por un instante, pareció que Roger la abrazaría pero la separó suavemente y se fue del despacho.

Pasados unos segundos de desconcierto, Belinda miró por la ventana para asegurarse de que Roger salía del gimnasio. Lo comprobó y, en seguida, se dirigió hacia el teléfono y marcó.


- Espérame aquí- le dijo Anna al Mosso que la acompañaba. Estaban dentro de un coche policial camuflado, que habían aparcado en la esquina más próxima del gimnasio. Acababan de hablar con la central por la radio.

Ella bajó del vehículo y, mientras se acercaba al gimnasio, no dejaba de preguntarse que le debía haber pasado a Roger allí dentro, ya que de lejos le había parecido verle más abatido que nunca, caminando cabizbajo y con los hombros muy caídos.


- Soy yo- decía Belinda en el auricular, pero la nueva visita la hizo colgar en el acto. No pudo disimular que se sobresaltó y le volvió el tic del labio.

- Soy la sargento Recasens. Quiero hablar con la señora Belinda Deltoro- dijo Anna nada más franquear la puerta.

- Soy yo. ¿Ha pasado algo?- preguntó, sorprendida

Montse tuvo una buena intención enviando a Vicente Vila a vigilar los movimientos de Belinda. Y eso que, un viejo verde como era, cualquier culo joven le distraería de lo que debía haber sido su única y exclusiva ocupación. En aquellos momentos, por ejemplo, en lugar de haber detectado la llegada de Anna, estaba sentado y quieto en una bicicleta estática y alucinaba marranadas mirando los estiramientos y los ejercicios de elasticidad que efectuaban unas jovencitas. Tenía que vigilar para que no se le cayera la baba. De hecho, descubrió a la Mosso de casualidad. Fue cuando finalmente se decidió a mover el culo para ir a decirle a Montse que Roger había ido y había estado hablando con Belinda. De reojo miró al despacho de ésta y vio a la sargento. La visión duró poco tiempo, ya que la monitora bajó la persiana del ventanal.


Al fin, Belinda pudo telefonar.

- Soy yo otra vez. Escúchame bien. Ha venido Roger- aquí hizo una pequeña pausa-. No, no. Él ha estado muy correcto, como siempre- otra pausa-. Además de las cintas, quería saber no sé qué de unos pendientes. Pero eso no es lo malo. Lo malo es que lo deben haber seguido, porque apenas se ha ido él ha llegado la policía. Era una sargento de los Mossos...- En este último punto Belinda se tuvo que separar un poco el auricular de la oreja, ya que la bronca que estaba recibiendo era tremenda-. Sí, ya lo sé, que la culpa es mía por no haberlo toreado la primera vez que se presentó- manifestó, vacilando-, pero ahora el mal ya está hecho... Y yo sé que tú puedes solucionarlo...

Manel Joan i Arinyó, "El cas Torreforta"

jueves 12 de febrero de 2009



Eran las nueve de la mañana. Montse se estaba preparando un zumo de zanahoria con la licuadora cuando sonó el teléfono. En la cocina tenía un supletorio y lo cogió. Era Roger, que acababa de recibir una llamada de Teresa Fortuny. Su marido quería tratar con él el tema del dinero. Le esperaba en el despacho de la empresa aquella misma mañana. Y él quería que Montse le acompañara... "No es el perro, ni tampoco el espejo, el mejor amigo de la mujer, sino la cama!" se dijo ella, presa de una sonrisa interior muy gratificante.

- Pasaré a recogerte de aquí a una hora- le anunció Roger.

Este parecía más animado que nunca y le contagió la energía hasta el punto de que el codo le chocó con el vaso de zumo y lo tiró. Pero le daba igual ahora el desayuno. Había cosas mucho más importantes que hacer en los próximos sesenta minutos. La primera, conseguir la microcámara, que todavía no había tenido tiempo de comprarse una.

- La necesito en seguida. Es una urgencia. Yo no tengo tiempo de pasar a recogerla. Tráemela tú aquí por favor- solicitó a Vicente, que todavía estaba en la cama.

Ella hizo una pausa para que el otro pudiera expresar sus razones sin sufrir ninguna interrupción. Cuando calculó que ya había acabado, manifestó:

- El precio del alquiler yo no te lo he preguntado. Márcalo tú mismo. El otro tema no es ahora el momento de tratarlo.


- Caramba, amiga, ¿quieres decir que no te has pasado?- exclamó Roger, impresionado, cuando Montse subió al Peugeot. Llevaba el abrigo en una mano y el bolso en la otra.

- ¿Qué paaaaaasa? ¿Que no te gusta que me arregle y esté atractiva?

El caso no era ese. El caso era que Montse estaba mucho más que atractiva. Con unas mallas ajustadísimas, que parecía que estallarían de un momento a otro, el escote que relucía habría resucitado a un muerto.

- Mujer, entre mucho y poco- se quejó Roger.

- Tú calla y mira al frente si no quieres que nos choquemos- le regañó ella, divertida, y se puso en el pelo un pañuelo de seda que llevaba disimulado entre el abrigo-. ¿Así estoy bastante decente para el señor?- se burló.

En la sala de espera, Montse y Roger reflexionaban pero los pensamientos de uno y de otra ya no podían ser más divergentes. Ella pensaba que esta vez la muerte no había hecho distinciones entre ricos y pobres. En las divagaciones mentales de Roger, en cambio, el poder adquisitivo sí que tenía un papel preponderante. "Triunfar en la vida también debe querer decir eso", meditaba: "poder elegir para secretarias las chicas más jóvenes y guapas...".

Porque el barcelonés Antonio Castro era un triunfador nato, eso no lo podía discutir nadie.

Sus padres tenían una humilde tienda en la plaza de San Just. Él, después de acabar el bachillerato superior, se matriculó en una academia particular para prepararse las oposiciones a banca, que aprobó a la primera.

Bien plantado, con facilidad de palabra y bailarín excepcional, como le iba la marcha, se especializó en el baile de las facultades. Allí las chicas eran más guapas, iban bien vestidas, siempre olían bien y, sobre todo, estaban más liberadas. Y encontró un buen partido. Sin duda, el mejor de todos y desde todos los puntos de vista, especialmente por el que hacía referencia al último apartado: Teresa Fortuny.

Al poco tiempo de casarse el suegro le pidió que dejara el trabajo del banco, ya que lo quería a su lado para enseñarle los secretos empresariales. Pronto se dio cuenta que acertó de pleno: el yerno tenía olfato para los negocios. Por eso, gradualmente, le fue dando más poder, hasta que le cedió completamente las riendas de Baobab, una empresa con tradición y muy consistente, pero anclada en el pasado. En pocos meses, Antonio Castro la convirtió en la líder indiscutible del mercado estatal y en una de las primeras de Europa.

Este relieve en la dirección se precipitó a raíz de saberse que el nombre del señor Bartomeu Fortuny figuraba en una lista de los GRAPO como objetivo de secuestro. El pobre hombre se asustó mucho y se jubiló inmediatamente. Entonces, Antonio Castro le montó un gran servicio de protección, que después heredó él, aunque en menor medida. El viejo empresario murió antes de cumplirse un año desde que se había jubilado.

Roger entró en el despacho un poco asustado. Suerte que la cordialidad y las buenas maneras del padre de Sandra hicieron que se serenara bastante. "Además", se dijo, "él y yo somos viejos compañeros de suplicio". A pesar de eso, no dejó de observar un posado tímido y respetuoso durante todo el tiempo que duró la entrevista.

Montse, contrariamente, tan pronto como Roger hizo las presentaciones ya empezó a navegar en el polo opuesto. Su compañero no la había visto nunca tan explosiva. Hubo momentos que pensó que rozaba la vergüenza incluso.

En cuanto al tercer implicado, le faltó poco para que se le cayera el bolígrafo de las manos cuando la periodista se quitó el abrigo y lo dejó en el respaldo de la butaca. De hecho, más de una vez se le trabó la lengua a lo largo de la conversación, porque había momentos en que el pañuelo tapaba el escote, pero había otros en que no. Montse dejó cucamente el bolso de mano encima de la mesa.

- Roger, ya sabes que yo he confiado siempre en los Tribunales de Justicia. Tú, me parece que no, ya que me estás diciendo tanto ahora como hace tres años que no se investigó ni actuó como se debía. Me lo tendrás que demostrar para que te crea- fue la intervención de Antonio Castro después del preámbulo del joven.


En otro momento, también le dijo que comprendía muy bien cómo se encontraba, ya que él había pasado por la misma situación.

- Experimentas una rabia inmensa contra todo y contra todos. Tú mismo te odias, porque piensas que si hubieras obrado de otra manera se habría podido evitar la tragedia...

"Te obcecas tanto que incluso te dan ganas de hacer justicia con tus manos. Ojo por ojo, diente por diente! Y te prometes que el día que él salga ed la prisión, tú entrarás. Hasta que poco a poco recobras la lucidez y la razón se impone...


El periodista había medido muy bien sus palabras para no revelar nada de lo que habían descubierto hasta entonces. Por eso le hizo falta adornar su discurso con una retórica sentimental que, si bien reflejaba sus sentimientos más profundos, quedaba un poco fuera de lugar. "Créame, señor Castro, no hablo por hablar. Para mí, el recuerdo de Eva, y también el de Lorena y el de Sandra, es demasiado bonito, y el dolor de ustedes, sagrado, como para venir a molestarlos con tonterías..." había manifestado, por ejemplo.

Montse, al final, no pudo reprimirse y después de mirar a su compañero de reojo, le dijo a Castro:

- Roger no se ha expresado con propiedad. Pruebas concretas no tenemos todavía. De momento son sólo suposiciones, hipótesis de trabajo- y le miró fijamente a los ojos, como estudiándolo.

El padre de Sandra no le pudo aguantar la mirada y la desvió. Aquel escote le estaba mareando. Él no quería mirarlo, pero los ojos se le iban solos. Entonces fue Roger el que hizo uso de la palabra y comunicó al anfitrión que también tenían las gestiones muy avanzadas para hablar personalmente con Héctor Moreno.

- No!-gritó Antonio Castro-. No vuelvas a repetir este nombre delante de mí, si no es absolutamente imprescindible. Pierdo los nervios y sería capaz de perpetrar cualquier locura- les aclaró-. No puedo evitarlo, perdonad. ¿Queréis tomar algo?

Roger y Montse le dijeron que no él y después de disculparse, salió del despacho.

En el despacho contiguo pidió a una secretaria que le fuera a buscar un té con limón. En seguida entró a la sala de seguridad de la empresa y se acercó al panel de monitores. Sin haberle dicho nada, el guardia jurado que los controlaba hizo un zoom hacia el bolso de Montse.

- ¿Podría haber una grabadora?- se interesó Castro.

- Incluso una microcámara- le respondió el otro. Cuando Castro entró de nuevo en su despacho con el vaso en la mano, había recobrado ostensiblemente la calma. Al pasar hacia su sitio se dio cuenta que Montse estaba sentada de lado por haber dejado su abrigo en el respaldo de la butaca. Caballeroso, lo cogió y lo colgó en una percha que había cerca de la puerta.

- Gracias- le dijo ella con educación.

Él le hizo un repaso de arriba a abajo. Esta vez no exteriorizó ninguna sensación de vergüenza ni timidez. Después se sentó.

- Hablado con él, si queréis- retomó Castro la conversación donde la habían dejado- pero ya os advierto que las manifestaciones de este degenerado no tienen ningún valor- aseveró exaltadamente-. Antes del juicio por la muerte de Sandra hizo siete declaraciones diferentes y absolutamente contradictorias. Además de inverosímiles!

- Eso ya lo sabemos, pero...- se atrevió a manifestar tímidamente Roger.

- No hay peros que valgan!- le cortó Castro, que se tuvo que controlar para no ponerse a gritar-. En el caso de Eva y de Lorena me guardaré mucho de afirmar una cosa u otra- Ahora bien, por lo que respecta a mi hija, yo os aseguro categóricamente que este sádico es el único, único y verdadero asesino!

Tanta era la certeza de Castro que hizo que Montse plantara los oídos, al mismo tiempo que un sexto sentido la hizo intervenir.

- La policía no es infalible- pronunció.

Castro se la quedó mirando -y admirando- y, como si ella le hubiera ganado una partida imaginaria, mostró sus cartas:

- Hay otros profesionales- confesó.

Montse lo captó a la primera. Roger, en cambio, no acababa de caerse del nido.

- Así, pues, las declaraciones de su abogado diciendo que lo dejaban todo en manos de la justicia... - manifestó un poco más tarde, cuando Castro ya se había explicado.

- Cuando mi hija apareció muerta- les reveló Antonio Castro, apesarado- pensé que no podría superarlo. Con todo, cuando me dí cuenta que mi mujer, los niños y la abuela estaban todavía más desesperadas que yo, me hice el corazón fuerte y me prometí que saldríamos.

"Una de las primeras cosas que decidí fue que no permitiría, de ninguna de las maneras, que nuestro dolor se convirtiera en un espectáculo morboso. Así que no estuve ni un solo día cruzado de brazos. Porque una cosa era luchar para no crear un sufrimiento innecesario a los niños, pero otra muy diferente habría sido esperar pacientemente los resultados de la investigación oficial, casi siempre tan lenta. Aunque también os digo que en mi caso no tengo ninguna queja, al revés.

"Ya puestos, os lo diré todo: contraté un equipo de detectives. El más prestigioso que enontré. Me costó una riñonada, pero eso es igual. Lo único significativo es que llegaron al mismo sitio que la policía.

A partir de este punto de la exposición, Roger temió que no consiguieran la ayuda económica que habían ido a buscar.

Montse, por su parte, también lo veía complicado pero no se dio por vencida tan fácilmente:

- Todo esto que has dicho está muy bien, y te agradecemos la franqueza, pero quiero terminar de explicarte el asunto por el que hemos venido aquí.

"Hace tres o cuatro semanas Roger y yo recibimos de TV7 el encargo de elaborar unos reportajes sobre el caso Torreforta. Esta responsabilidad no la podemos evitar, pero lo que sí intentamos, como es norma en la casa, es que nuestro trabajo no alimente la morbosidad de la gente.

"Ahora bien, la cosa se nos ha complicado cuando, a medida que hemos avanzado en la investigación periodística, hemos ido descubriendo una serie de datos extraños, por decirlo de alguna manera. Y nos da no sé qué ir a la policía, tenemos nuestras reservas.

Castro la dejó acabar y, después de observarlos un momento en silencio, les propuso un trato: de momento elaborarían los reportajes prescindiendo de aquellos detalles que decían que no les cuadraban. Y él volvería a poner la agencia de detectives en el caso.

- Pero que quede bien claro que lo hago en memoria de las amigas de mi hija. Porque por lo que respecta a ella, ya os he dicho que no tengo ninguna duda de la culpabilidad del canalla que hay en la cárcel!

- Sí, pero nosotros ya... - intervino Montse de nuevo.

- Vosotros, ya lo sé- la cortó Castro-. Me lo ha dicho Teresa. Vosotros ya os habéis embarcado y necesitáis quinientas mil pesetas para hacer frente a los primeros gastos. Aquí las tenéis- Castro abrió una agenda grande y sacó un cheque al portador por esa cantidad. Se lo dio a Montse, que lo cogió y se lo quedó en la mano-. Por dinero no paséis angustia, que haré frente a cualquier iniciativa que ya hayáis emprendido- añadió el padre de Sandra. Y acabó pidiéndoles-: ahora elaboraremos un plan conjunto de acción. Decidme qué habéis encontrado de anormal.

- Resulta que...- se lanzó Roger, pero Montse se levantó y le cortó sin ningún tipo de miramientos.

- Nos esperan urgentemente en los estudios. Si podemos, mañana mismo te daremos en mano un dossier completísimo- le prometió a Castro, que se quedó un poco despagado.


- ¿Qué te ha parecido? Cojonudo, ¿no? Medio millón para comenzar y la promesa de que él se hará cargo de todos los gastos!- Roger no se lo terminaba de creer. Circulaban por Torreforta y se dirigían a Tarragona.

- No me lo esperaba, la verdad- le respondió ella con la mirada un poco ausente. "¿Hasta qué punto la realidad de los detectives no invalidaba todo lo que les habia dicho Calvet?", estaba pensativa.

Unos minutos más tarde Roger también se mortificó por los mismos pensamientos y sin que Montse le hubiera hecho ningún comentario. "Qué desastre, si todo había estado producido por un ataque de delirio tremendo de aquel borracho!", se sobresaltó, con la mirada atenta al tráfico.

Montse y Vicente Vila acababan de ver las imágenes de la entrevista a castro en el monitor del televisor del piso de la chica. La grabación era muy deficiente, pero como documento tenía una fuerza considerable.

Ella quiso saber qué impresión le causaba todo aquello. El ex jefe de Informativos le dijo que él lo encontraba sincero, y era buena señal que no se había hecho nada de rogar para darles el dinero. De todas maneras, también le recomendó que actuara con prevención en todo aquello que hiciera referencia al reportaje, ya que, si Castro intuía que hubiera algo que involucrara a su familia, haría todo lo posible para vetarlo.

- Lo tendré en cuenta- le aseguró Montse-. Por cierto- continuó hablando-, antes de irnos nos ha impuesto una condición para trabajar juntos: las madres de Eva y de Lorena tienen que quedar al margen de todo.

La razón que les había ofrecido era de peso: en casa habían estado todos en manos de pisquiatras. Su mujer era la que lo había pasado peor y no se acababa nunca de recuperar. Los hijos y él la colmaban de atenciones tanto como podían. Y ahora tenía miedo de que recayera si las otras madres le inflaban la cabeza.

Esta prevención de Castro, Vicente Vila también la vio lógica.

- Sinceramente, ¿tú lo crees capaz de actuar de justiciero si alguna vez Héctor se le ponía a tiro?- preguntó Montse.

- Oh, no se sabe nunca.

Vicente acabó de poner la microcámara en la funda, cogió el sobre que había encima de la mesa y, un poco desanimado, dijo a Montse:

- Yo que me había hecho a la idea de cobrar en especies esta vez...

- Au, va!- le despachó ella, sonriendo, mientras le acompañaba hacia la puerta.

Vicente salió del piso y Montse cerró la puerta, pero en seguida la volvió a abrir para decirle:

- A propósito, ya que te has puesto así: prepárate porque pronto te enviaré de misión a un lugar donde te alegrarás la vista bien!

Manel Joan i Arinyó, "El cas Torreforta"

miércoles 11 de febrero de 2009


- No, Montse, tú no vendrás-, le dijo Roger después de pensárselo unos segundos.

Eran cerca de las siete de la tarde y estaban en un bar situado cerca de la casa de Lorena, donde Roger estuvo hablando con Fina y Julia -madres de Lorena y Eva, respectivamente. Ellas se habían mostrado de acuerdo en acompañarlo a casa de los padres de Sandra para pedirles dinero. Y allí, Montse también quería ir.

- Así las conoceré personalmente...- reforzó ella su argumento, pero Roger no accedió a la petición.

La sargento Anna Recasens, desde un coche camuflado de los Mossos, les había estado vigilando durante las últimas horas. Veinte minutos más tarde cuando les vio salir del bar cogidos de la mano y mirándose a los ojos de esa manera tan cálida, intuyó cómo rematarían el día. No se equivocó.


Roger había ido a casa de fina bastante turbado por la naturaleza del asunto que tenía que plantear: sus sospechas de que las chicas no habían muerto sólo a manos de Héctor. Y también les tenía que pedir que le acompañaran a casa de Sandra para pedir a sus padres que se hicieran cargo de los gastos ocasionados de una investigación paralela que pretenían iniciar.

La grandeza del encargo y el hecho de que había muchas fotografías de Lorena colgadas de la pared y sobre el mueble, le abocaron a un estado de desánimo que él mismo no habría apostado ni una peseta por el éxito de la empresa. Aun así, consiguió convencer a las mujeres para que llamaran a Teresa Fortuny y quedaron con ella para el día siguiente. Les comunicó que tenía elementos de peso para dudar de la versión oficial de los crímenes, pero se guardó mucho de no decirles nada de la autopsia de Sandra. En cuanto a los pendientes encontrados en Scala Dei, se limitó a enseñárselos y les preguntó si los reconocían. Como la respuesta fue negativa, no les reveló la procedencia.

La única objeción a la propuesta de Roger, y todavía muy ténue, salió de la boca de Fina cuando le preguntó que si Montse era de fiar y no les metería en ningún lío. En este punto Roger fue categórico:

- Yo respondo por ella, además de que es una gran profesional, sabe tener la boca cerrada- les aseguró.

Respecto a los padres, como el de Lorena había ido a Polonia a llevar naranjas y el de Eva estaba en Bélgica transportando muebles, Roger les pidió a las madres que no les dijeran nada por teléfono. Ya hablarían cuando ellos llegaran a casa. De todas maneras, tanto Fina como Julia estaban seguras de que los maridos no encontrarían ninguna objeción a lo que ellas hubieran decidido.

- Gracias por todo, Roger- le dijo Julia como despedida. Durante buena parte de la conversación, ella y el chico habían estado cogidos de la mano para infundirse coraje mutuamente.

¡Qué calvario el de aquellas muejeres! Siempre solas en casa sin nadie con quien compartir la angustia. Y cuando estaban los maridos, tenían que vigilar no mortificarlos. Ellos trabajaban desde la mañana a la noche al volante y conducir un trailer con la cabeza así... Y ellas, dentro de lo malo, podían dar gracias todavía: la gran mayoría de matrimonios que sufrían una tragedia como la suya finalmente se separaban, ya que, en el fondo, cada uno culpaba al otro.


Los Castro vivían en un gran chalet, rodeado por un jardín inmenso, en la Avenida del Presidente Tarradellas, en Torreforta.

En la otra parte de la calle había una urbanización con setecientos adosados y, a continuación, la tienda de Baobab. El terreno donde estaban los adosados pertenecía antes a los padres de Teresa, pero el yerno, Antonio Castro, hizo una jugada maestra con él. Nada más que consiguió la recalificación de los terrenos: de rústico a urbanizable. En compensación, los suegros regalaron al municipio las parcelas donde se encontraban las piscinas, el parque infantil y el Pabellón Cubierto.



Además, hicieron donaciones en metálico a las diferentes asociaciones culturales que había entonces en Torreforta. Esta política fue continuada por Antonio Castro cuando tomó las riendas del negocio.

Igualmente, aunque Eva y sus hermanos estudiaban en el Instituto Británico, en Reus, todas las actividades deportivas las practicaban en los clubes del barrio. Eran una familia bien afianzada en Torreforta y gozaban de la simpatía y afecto populares.

Cuando Roger y las madres llamaron a la puerta del chalet, una sirvienta les abrió y les invitó a pasar. Era una chica de unos veinte años, rubia y con un marcado acento eslavo. Teresa Fortuny les recibió en el salón. Iba en albornoz y besó a Julia y a Fina. A pesar de todo, estas dos últimas percibieron que el ama de casa se había propuesto marcar las distancias. Con Roger encajó y en seguida les invitó a tomar asiento.

La sirvienta de antes volvió a entrar en la sala cargada con una bandeja y tazas, una cafetera, una tetera, rodajas de limón, azúcar, un recipiente con leche y galletas variadas. Preguntó las preferencias de cada una, les sirvió y se marchó.

- No sacaréis nada de martirizaros. A nosotras nos ha pasado lo peor que le puede pasar a una madre, pero por mucho que hagamos ahora, nadie nos devolverá a nuestras hijas. Yo sé cómo os sentís estos días. Y como lo sé, sólo os puedo pedir resignación y que confiéis en la justicia- intervino Teresa con semblante apesadumbrado y voz un poco rota. Eso fue después de que Julia le dijera que, según el papel de Roger y de ellas, no se estaban llevando correctamente las investigaciones sobre la muerte de Eva y Lorena.

Fina tomó el consejo de la madre de Sandra como la peor de las bofetadas y no pudo dejar de replicarle:

- Muy bien, nos resignaremos cristianamente! Y mientras tanto, los asesinos de nuestras hijas, y puede ser de la tuya, que continúen libres y que no se priven de violar y de matar a todas las mujeres que les vengan en gana.

Teresa tuvo un principio de convulsión y alargó el brazo para coger una campanita que tenía sobre la mesa.

- Espere un momento, señora Teresa!- le pidió Roger.

El periodista ya hacía rato que se temía una reacción de huida como aquella. El estado de fragilidad mental que reflejaba la mirada de la madre de Sandra, y todo su posado en general, le habían permitido presagiarla. Consecuentemente, estaba preparado para cortarle la retirada. Se sacó del bolsillo un pequeño estuche de joyería, lo abrió y le mostró el contenido.

- ¿Reconoce estos pendientes?- le preguntó.

- ¿De dónde los has sacado?- se mostró vivamente interesada Teresa, que cogió uno con cada mano-. Eran de mi Sandra- confirmó, mientras dos lágrimas empezaban a caerle por las mejillas.

- Han llegado a mis manos porque los que tienen el deber de buscar con los cinco sentidos no se han esforzado bastante- pontificó Roger, que había intuido que era el momento de mostrarse inflexible.

- Se los regaló mi madre el día que ella prometió que seguiría la tradición femenina familiar y estudiaría farmacia- les reveló Teresa. En seguida empezó a pasarse los pendientes tiernamente por las mejillas-. Sandra era su nieta preferida, la niñita de sus ojos. Cuando Héctor la mató, también puso fin a la vida de mi madre; tres meses nada más la sobrevivió. Murió de pena, os lo juro!

Teresa Cases, la madre de Teresa Fortuny, había sido una de las primeras mujeres farmacéuticas de Cataluña. De bien joven, consiguió la titularidad de la farmacia de Torreforta, que después pasó a la hija. En la actualidad, Teresa todavía era la titular, pero hacía tres años que no se acercaba para nada y tenía contratados a dos farmacéuticos.

Los tres visitantes se quedaron mirándose y sin saber qué decir. Teresa lloriqueaba.

- Teresa, si nosotros...- dijo Julia finalmente, pero la otra ya se estaba reponiendo.

Se sonó la nariz y les pidió perdón. Ya era la segunda vez que alguien le llevaba pendientes de Sandra a casa. Anteriormente había sido la policía. Pero eso no se lo dijo: esa parte de la pena era privativa suya y así quería que continuara.

- Daos cuenta que desde que han encontrado los cuerpos de Eva y Lorena sólo voy hacia adelante gracias a los tranquilizantes. Si antes os he dicho que sé cómo os encontráis, es porque estos días he revivido en todo su dramatismo la desesperación que sentí hace tres años.

Fína tomó la palabra para decirle que ella y Julia no habían dudado nunca que el sufrimiento de las tres familias había sido siempre solidario.

- Y si no fuera porque tú eres la única persona que nos puedes ayudar en estos momentos, no habríamos venido a hacerte pasar un mal rato, créetelo- le añadió.

- Realmente sin este dinero es imposible realizar unas pruebas que nos puedan aclarar algunos de los puntos más oscuros del proceso- remató Roger.

Él había apuntado la cifra de dos o tres millones de pesetas, aunque con quinientas mil ya se podían poner a trabajar.

- Contad, entonces. Esta noche hablaré con mi marido y mañana os llamaré- fueron las últimas palabras de Teresa referidas al caso. Por cierto, a Roger le pareció notar un poco de acritud cuando ella mencionó al marido.


Al irse la visita, Teresa Fortuny dio unas instrucciones muy concretas a la sirvienta: no estaba para nadie, ni personalmente ni en el teléfono. Después, con los ojos muy brillantes y teniendo que sonarse la nariz continuamente, se entretuvo en repasar los álbumes fotográficos familiares. Buscaba alguna instantánea donde apareciera Sandra con los pendientes de esmeralda. Finalmente, encontró una en la que, además estaba la abuela.

Ya era casi la hora de cenar cuando se decidió a guardar los pendientes dentro de la caja fuerte, en compañía de las otras joyas de Sandra, que inevitablemente volvió a mirar y a remirar, como había hecho con las fotos. Con este propósito, se dirigió al dormitorio conyugal y apartó el cuadro que ocultaba el emplazamiento de la caja. Ahora bien, estaba un poco nerviosa y todo era manipular el botón a la derecha y a la izquierda y no conseguía abrirla.

Después de unos cuantos intentos consideró que debía estar confundiéndose con la combinación y decidió comprobarlo. Con esta finalidad se dirigió al despacho y abrió el cajón derecho del escritorio. No estaba la agenda que buscaba, pero sí que estaba la pistola de su marido. Maldita manía persecutoria que tenía desde que su padre, el padre de Teresa, había aparecido en aquella lista nefasta... Con estos pensamientos cerró el cajón y abrió el de la izquierda. Allí estaba la agenda donde Castro le había apuntado la combinación de la caja fuerte por si alguna vez se le olvidaba.

Miró el número y le pareció que era el mismo que ella había marcado con anterioridad. Volvió al dormitorio, pues, y lo marcó de nuevo. Sin ningún resultado. Entonces desistió y puso bien el cuadro. Miró muy bien que quedara recto. Se guardó los pendientes en el bolsillo del albornoz.

Unos minutos más tarde llegó el marido a bordo de su flamante BMW 750i. El chofer paró el coche delante de la casa y el guardaespaldas, que estaba en el asiento del copiloto, bajó en seguida para abrirle la puerta al patrón. Éste salió y se dirigió hacia la puerta de la casa, acompañado en todo momento por el otro. Después de abrir la puerta y comprobar desde la entrada que estaba todo en orden, Antonio Castrro despidió hasta el día siguiente al guardaespaldas, que le hizo un gesto de acatamiento antes de cerrar la puerta y marcharse.


Habiendo cenado ya, el matrimonio Castro-Fortuny y sus dos hijos, de quince y diecisiete años respectivamente, pasaron a la sala de televisión. Hacia las once de la noche los chicos besaron a los padres, les desearon buenas noches y se retiraron.

Teresa estaba sentada en el sofá y tenía cara de desesperación. Pero también de rabia contenida.

- No he podido abrir la caja- dijo secamente.

Su marido, sentado en una butaca de cara al televisor, estaba absorto comprobando las cotizaciones de la Bolsa en el teletexto y no le respondió.

- ¿Me oyes? No he podido abrir la caja fuerte!- repitió ella, ahora con indignación.

- He cambiado la combinación- le aseguró su mardio sin dignarse en mirarla.

Ella le preguntó el por qué y él le dijo que lo había hecho por seguridad, ya que no se fiaba del servicio.

- ¡Ya está bien!- alzó ella el tono de voz, impulsiva-. No poder disponer de mi dinero cuando me dé la gana!!

- No grites- la cortó él, severamente-. Dime cuánto necesitas y te lo daré.

Dicho esto se trajo un fajo de billetes del bolsillo.

- No creo que lleves suficiente encima- dijo la mujer.

- ¡Ah no?!- dijo él-. ¿De qué se trata?- quiso saber.

- Esta tarde me han venido a ver...

Cuando Teresa acabó de decírselo, Antonio le dijo que si era por Sandra, él se haría cargo de todo: no quería que ella se gastara ni un céntimo de lo suyo. Así quedaron.


Diez minutos más tarde, mientras Teresa estaba en la cocina cogiendo un vaso de agua para tomarse el barbitúrico, sintió un clic la mar de sospechoso. Por si eso no fuera bastante, cuando entró al dormitorio se dio cuenta que el cuadro que disimulaba la caja fuerte estaba de lado. Quimerosa, se acercó en silencio hacia la puerta del despacho y le pareció que su marido guardaba algo en los cajones del escritorio. De puntillas para no ser descubierta se fue a la habitación y se sentó en la cama, sin saber bien qué pensar:

- Ya te he apuntado en la agenda la combinació nueva- le dijo Antonio Castro cuando llegó un minuto después.

Manel Joan i Arinyó, "El cas Torreforta"

PARA MI FLAMANTE FUTURA ESPOSA: BARCA

Bueno, nena mía, que aquí te voy a poner yo unas cosillas sobre mí para que me conozcas un poquito más antes de la boda del sábado, que por fin nos vamos a casar!!!



ME ENCANTA

  • Verte sonreir u oirte reir
  • Ver los programas de la tele y comentar las movidas juntas
  • Hablar de fútbol
  • Trasnochar contigo al otro lado
  • Que me dejes jugar una partida a "Los Sims" (en el móvil) antes de dormir
  • (Y a mí también me encantaría darte un abrazo gigaaaaaaaaaante)



NO ME GUSTA

  • Que me digas que no estás bien y apenas hablemos
  • Las peleas (bueno, depende... jajaa. Contigo, no y en este tiempo no las hemos tenido, por suerte. Espero que cuando formalicemos esto no las tengamos jajaja)
  • Madrugar o que hagas ruido al levantarte, porque me puedo poner muy kinki!!!!
  • Que vivas tan lejos de mí
  • Que digas jummm por si se me acerca un tío guapo... que no voy a dejar que se me acerque nadie!!! jummm jajaja

Aunque no sea muy original aquí tienes más cosillas sobre mí. Y como te dije antes en tu blog, pues que me alegro que ya tengas tus zapatos para nuestra boda del sábado, ahora buscaremos los míos y todo arreglado!! Que seamos felices...

martes 10 de febrero de 2009

"HEMICRANEAL" (ESTOPA)

Barca, guapetona, ya sé que no te gusta Estopa, pero que sepas que a tu futura mujer le gustan mucho y que ha pasado muy buenos ratos oyéndolos en compañía del Albariño jajaja.




Deja que la lluvia acaricie tus párpados
y que la humedad se clave en tu piel.
Deja que esta noche tus pies anden descalzos,
no los pares si empiezan a correr.
Deja que el deseo por una vez se cumpla,
deja que el silencio te susurre otra vez.
Deja que tu ausencia en una depresión se hunda,
deja que el niño que llevas dentro vuelva a nacer.

Deja que la gente pase a ambos lados sin tocarte
y que el neón de la noche se clave en tu piel,
deja que la duda que hay en tu mente no pregunte,
y que no se clave, que ni siquiera hable
y que se muera sólo por esta vez.

Deja que los coches te salpiquen cuando pasen,
que mojen tu risa con su puta prisa antes de morder
esa manzana envenenada por un jodido martes,
que se pregunten qué haces en la calle,
que no se den cuenta de ese detalle.

Que esto es un paseo, como los de antes,
el que nadie se busca, nadie quiere encontrarse,
que todo se vuelca en un vaso vacío,
que no hay más nostalgia que la de perderse.
Si duele un recuerdo, te cura el olvido,
si duele la cabeza con Hemicraneal vale,
si buscas ayuda, chungo esta noche estoy sólo conmigo.


Deja que los coches te salpiquen cuando pasen,
que mojen tu risa con su puta prisa antes de morder
esa manzana envenenada por un jodido martes,
que se pregunten qué haces en la calle,
que no se den cuenta de ese detalle.


Que esto es un paseo, como los de antes,
el que nadie se busca, nadie quiere encontrarse,
que todo se vuelca en un vaso vacío,
que no hay más nostalgia que la de perderse.
Si duele un recuerdo, te cura el olvido,
si duele la cabeza con Hemicraneal vale,
si buscas ayuda, chungo esta noche estoy sólo conmigo.


lunes 9 de febrero de 2009

PREMIO BELLEZA

Este premio me lo concedió Feli (http://esperanza-felicyo.blogspot.com/)

1. Se debe colocar el enlace en el blog de quien lo recibe o en una entrada.
2. Nominar al menos 10 blogs que muestren actitud y/o gratitud.
3. Enlazar a los nominados en el blog/entrada donde se muestra el logo.
4. Hacer saber a los nominados que han recibido este premio dejando un comentario en su blog.
5. Compartir el cariño y el enlace de la entrada del premio con la persona de quien lo recibimos.






domingo 8 de febrero de 2009


- Ya no hay nada más registrado- dijo Montse a Roger, y paró la cinta-. Según le confesó Héctor a Nuria, a partir de aquí ya no recuerda nada más.

Todavía era noche oscura e iban los dos con el coche de Montse. En el cruce de Ramón y Cajal los esperaba Jaime Calvet. Sujetaba los extremos de dos sacos, que descansaban en el suelo a sus pies. Vestía como un explorador, pero no se le notaba nada estrafalario. Es más, se había peinado correctamente y tenía cara de estar sobrio. Montse paró el coche delante de él y se acercó a Roger:

- ¿Te importa dejarlo sentarse delante? Por respeto, nada más.

Roger la miró con gesto interrogativo, pero ella le cogió afectuosamente la barbilla y él se apresuró a complacerla. Nada más salir, cogió los dos sacos y los puso en el maletero.

- Buenos días, Montse- dijo Calvet mientras hacía la intención de subir al coche.

- Espera- le indicó ella-, que subirás delante.

- ¿Delante?!- se extrañó.

Cuando ella le sonrió, él se quedó perplejo. Y todavía no se habían acabado los cumplidos ya que cuando estaban los tres en el coche, Montse le felicitó por haber pensado tan bien. Ahora bien, ya fuera por modestia, o por prudencia, Calvet quiso dejar claro que en aquellos asuntos no se podía festejar nada antes de hora.

- Ya lo veremos- le dijo-. Porque incluso en el caso de que encontremos algo interesante, necesitaremos mucho dinero para efectuar los análisis.


Llegaron a Scala Dei a las siete y media. Habían decidido ir un lunes porque era el día que no se abría al público y, por tanto, el portero-vigilante no estaría.

Montse aparcó el coche a unos dos metros antes de la entrada al recinto y continuaron a pie. Roger ya había estado con anterioridad y Jaime Calvet también, por tanto no tuvieron ninguna dificultad para localiza el antiguo cementerio de los religiosos. Una vez allí, pudieron ver en seguida los restos de las cintas de plástico con que la policía había rodeado el lugar donde aparecieron los cuerpos de las chicas.

Para trabajar con método, Roger y Montse entraron en el recinto y con una especie de rastrillos especiales, se pusieron a escarbar donde les indicó Calvet, que se había quedado fuera para poder dirigir la tarea con una mejor perspectiva.

Todavía no habían empezado a mover la tierra cuando sintieron unos pasos. Roger se quedó petrificado. Calvet también. Montse fue la única que perdió la serenidad e hizo señas al ex forense para que se escondiera con ellos. Así lo hizo. Los habían descubierto, seguro. Sino, el ruido era cada vez más audible, señal de que alguno- un guardia nocturno, puede ser- se aproximaba. No tenía ningún sentido seguir escondidos como las avestruces. Calvet fue el primero en reflexionarlo, o como mínimo, el primero en sacar la cabeza.

- La madre que los parió! Los mataré!- dijo, amenazador.

En seguida, se agachó, cogió una piedra, se incorporó y la tiró con rigor. Cuando Roger y Montse miraron, sólo vieron dos perros perdidos que huían; uno de ellos gritaba de dolor.

- Uf, qué susto!- exclamó la chica, liberada.

Pero mira por dónde, a causa de los movimientos bruscos que habían efectuado para esconderse, habían quedado al descubierto unos objetos brillantes en el suelo de la fosa. Fue Montse la que los localizó.

- ¿Qué es eso?- preguntó ella a Calvet.

- Parecen unos pendientes- le respondió él, que con mucho cuidado los sacó un poco del suelo para asegurarse.

En efecto, eran dos pendientes de oro con una esmeralda cada uno.

El volumen de la fosa no daba para que tres personas estuvieran buscando, así que Calvet pidió, muy educadamente, a Roger que saliera y que les asistiera desde fuera. A partir de entonces la tarea del chico consistió en ir pasando bolsas de plástico al forense para que éste, que estaba muy engrescado moviendo la tierra y daba muestras de una gran profesionalidad, depositara todo aquello que creyera conveniente.

El mismo Calvet fue el autor del hallazgo más importante. Era un trozo de tela con gusanos dentro. Él desenganchó uno y se dio cuenta que debajo había pelos, posiblemente púbicos. Lo guardó en una bolsa y sin perder detalle, escarbó por los lados de donde lo había encontrado. En seguida se topó con unos trozos más grandes de la misma tela, todos con unas manchas que bien podían ser sangre o semen; ¿por qué no? Montse lo miró absorta y Calvet le pidió a Roger:

- ¿Tú qué dirías que es esto?

- A mí me parecen restos de un saco de dormir- le respondió el periodista

- A mí también- le confirmó Calvet-. Y creo que no me equivoco nada si te digo que debieron usar este supuesto saco porque les resultaba más fácil transportar a las chicas una vez asesinadas...

Calvet también le explicó a Roger algo sobre el círculo vital de los gusanos y las características de los pelos que había localizado, dos o tres de los cuales eran blancos. Parecía totalmente que pasaba de hablar de temas desagradables con Montse.

- Mirad!- dijo de repente ella, que al sentirse un poco desplazada no había dejado de mirar dentro de la tumba.

- Cojones, un bisturí!- Calvet apenas pudo reprimirse de gritar a causa de la sorpresa.

Y habían rastreado todo el fondo y los laterales de la fosa y no había aparecido nada más. Eran las nueve y cuarto. Decidieron que primero saldría Montse y, al acabar, entre ella y Roger ayudarían a Calvet a subi. Eso hicieron y el naturista sacó buen partido de la ascensión de la chica.

Cuando Montse y Calvet estaban arriba, ella cogió la cámara y grabó la fosa, sus alrededores y todos los restos que habían recogido.


Ya se iban pero Calvet se lo pensó.

- Déjame un pico Roger, que quiero comprobar una cosa- le dijo.

Cuando Montse y Roger se dieron cuenta que estaba excavando en lo que debía ser una antigua tumba, concluyeron que el ex forense había perdido definitivamente la cabeza.

- Y vosotros, no estéis parados!- les ordenó-. Cavad en todos los sitios donde os parezca que puede haber una tumba.

En cuestión de minutos se encontraron con quince o veinte esqueletos humanos.

- Es lógico que encontremos muertos- proclamó Roger-: estamos en el cementerio.

- Te equivocas- le cortó Calvet-. Es verdad que hemos exhumado esqueletos antiquísimos, pero yo ya he contado ocho o nueve que no deben haber sido enterrados hace más de cinco años. Son todos femeninos y en ellos aprecio señales de heridas ocasionadas por arma blanca!

- Oh!- Montse puso cara de terror superlativo.

- ¿Estás seguro?- le preguntó Roger.

- Y tan seguro! Mira- le dijo Calvet que se acercó a un cadáver para enseñarle los agujeros de las balas y las puñaladas.

- Eso no puede ser obra de una sola persona- aseveró Roger-. hemos descubierto el cementerio clandestino de una secta satánica.

Como Roger se había quedado blanco, Montse se acercó y le puso una mano en el hombro para reconfortarlo.

Mientras tanto, Calvet cogió el cráneo del último esqueleto que había examinado y se incorporó para estudiarlo más cómodamente.

- Pareces Hamlet!- se le escapó a Montse.

Roger, cada vez más afectado, se separó medio metro de un golpe y la fulminó con la mirada.

- Perdón- se apresuró ella a decir.

Calvet les dijo que para ir bie, se tendrían que llevar todos los cráneos a su consulta para estudiarlos detenidamente. Lo malo era que si los pillaban, irían directos a la cárcel.

- Te puedo fotografiar las dentaduras, si quieres- se ofreció Montse.

Dicho y hecho. Mientras Montse preparaba la cámara, Calvet y Roger colocaron diez o doce cráneos en el suelo, uno al lado de otro. Y después, mientras Montse los retrataba y Roger, haciéndose fuerte el corazón, los colocaba de la mejor manera posible, Calvet todavía rompió, o arrancó según el caso, unos cuantos dedos a los cadáveres para llevárselos.

Después taparon a conciencia las fosas con los cadáveres dentro y se fueron.

- Es muy fuerte no comunicar esto que acabamos de encontrar a la policía- les advirtió Calvet ya dentro del coche y de regreso a Tarragona. O nosotros nos conjuramos para mantener esto en secreto o se nos caerá el pelo!
Manel Joan i Arinyó: "El cas Torreforta"

sábado 7 de febrero de 2009



Tan pronto como Anna vio las fotos de las chicas, se dio cuenta que estaban sacadas de un vídeo, y preguntó a Roger quién se las había dado. Él se negó en redondo a revelarlo.

- No hace falta que te diga que el tema es extremadamente serio- le dijo ella.

- El secreto profesional de los periodistas es sagrado- le replicó él.

- En fin, tú mismo- dijo la sargento de mala gana pero ya no insistió más.

Ya puestos, Roger pensó en rentabilizar la visita al máximo y pidió a Anna su opinión sobre la inculpación y el próximo juicio a Héctor. Ella titubeó un poco, como si pensara que la pregunta era improcedente, pero finalmente contestó:

- Ya oíste al comisario Vidal el otro día: a causa del largo período de tiempo transcurrido y la consiguiente descomposición de los cadáveres, no hay ninguna prueba orgánica que le inculpe.

De hecho, dejando de lado la placa de su llavero, que se había encontrado dentro de Scala Dei, no había ninguna prueba directa en su contra.

- Ahora bien- le aclaró Anna- hay una abundante jurisprudencia , sobre todo del Tribunal Suprem, que considera los indicios claros como pruebas suficientes para acusar a alguien. ¿Eso qué significa? Pues que con más de un indicio se puede condenar a un acusado.

"Además- continuó explicándole-, las falsas coartadas, así como el hecho de contradecirse en las declaraciones, también son factores que actúan en contra del sospechoso. Y Héctor se lució bien con sus mentiras hace tres años".

Montse, recostada sobre la mesa del bar que hay en frente de la cárcel de Tarragona, estaba abosrta mirando el Telenoticias Mediodía de TV7. Se veía la llegada de una furgoneta de los Mossos en el edificio de la Audiencia. En el lugar había un gran despliegue de periodistas gráficos y literarios que emprendieron una actividad frenética cuando Héctor, esposado y escoltado por dos Mossos, salió del vehículo.

- Yo siempre he creído que este chico es inocente pero que tiene miedo de hablar por si lo matan- manifestó un cliente del bar.

- Si lo colgaran de un gancho por los cojones, verías qué pronto hablaba!- le dijo otro, exaltado.

- Sí, sí- dijeron dos o tres más mostrando su aprobación a este último.

Montse abonó su consumición y decidió esperar a Nuria en la calle. Ésta salió de la cárcel en coche unos minutos más tarde, vio a la periodista y le hizo señas para que se acercara y subiera. Le hizo caso y la monitora, arrancó. Pero con tan pocas ganas que se le caló el coche.

- ¿Qué te pasa que estás tan nerviosa?- le preguntó Montse unos minutos más tarde.

Nuria, visiblemente alterada, no le respondió, sino que paró el vehículo al lado de una acera y le quitó el contacto.

- Héctor ha caído en una depresión brutal- le dijo a Montse, que más que nerviosa la veía extrañamente angustiada.

Según ella, el juez le había requerido para notificarle que el juicio se celebraría en un término de dos a tres meses. Y Héctor había aprovechado la comparecencia para anunciar al magistrado que renunciaba a la defensa. De hecho, desde hacía un tiempo se había negado a recibir al abogado que le había correspondido de oficio.

- El juez le ha comunicado que en el juicio será asistido legalmente por este señor. Si no quiere colaborar, nadie le puede obligar, pero es un perjuicio que se ocasiona él mismo- le advirtió.

- ¿Por qué actúa así?- se interesó Montse.

- Yo te lo diré - le dijo Nuria.

Y le explicó que, a pesar del medio siglo de condena, Héctor tenía esperanzas de salir con la condicional a los diez o doce años, como mucho. Eso era porque se le había aplicado el antiguo Código Penal, que permite otorgar al recluso reducciones por trabajos en la prisión hasta un tercio de la pena, que en ningún caso pudo ser mayor a los treinta años. Si se le condenaba también por los crímenes de Eva y Lorena, se iría todo al traste.

- Porque en casos tan graves como el de un triple asesinato- prosiguió Nuria que, sin duda, dominaba el tema-, la ley tiene facultades para no conceder ningún beneficio penitenciario. La fiscalía y las acusaciones particulares pueden forzar la articulación de estos mecanismos punitivos.

Montse estaba muy impresionada por el abatimiento de Montse. Pero al mismo tiempo, el instinto profesional la obligó a forzar la situación un poco más.

- Nuria- se le acercó, prácticamente maternal-, yo estoy dispuesta a ayudar en la medida de mis posibilidades, pero me tienes que explicar todo lo que sepas.


En una pista de Discomaníac las tres chicas bailaban animadamente con el grupo de amigos de Sandra. Ellas probaban enseñarles alguna de las coreografías que sabían de las clases de aerobic. Todos reían.

Uno de los chicos se dirigió a la barra y volvió con dos botellas de champagne y una bandeja con copas. Lo dejó todo en una mesa próxima a la pista y les dijo que se acercaran. Le hicieron caso y él se dispuso a abrir la primera botella. "Años y años, por muchos años...", comenzaron a cantarle. En seguida le estiraron de las orejas, brindaron, bebieron y le abrazaron y besaron para felicitarle el cumpleaños.

Desde la mesa que estaba más cerca, Ramón y Salva, dos individuos de unos veinticinco años, delgados, nerviosos y de una estatura media, no perdieron detalle de las actividades del grupo.

En un momento determinado llegó a su lado Héctor que entonces tenía veintitres años y entonces ejercía de guaperas de discoteca las noches de los sábados.

- Un cubata de Beefeater- pidió al camarero.

Cuando ya lo tuvo, lo pagó, se giró hacia la pista y bebió un sorbo.

Salva y Ramón lo miraron y sonrieron, aunque sin grosería. Fue Salva el que se le acercó y le dijo:

- ¿Gastas?

- ¿Qué?- le dijo Héctor, que no le había comprendido.

- Decía que si quieres ponerte a cien- le aclaró poniéndose el dedo en la nariz e inhalaba profundamente.

Fueron los tres a los baños y se pusieron en el rincón más discreto que encontraron. Salva sacó dos tarjetas de crédito y en seguida preparó una raya inmensa, que a Héctor le hizo venir una gran cantidad de saliva, del miedo. El camello esnifó y puso cara de felicidad. Después recogió con el dedo los restos de coca que habían quedado sobre la fina superficie y se hurgó la nariz.

- Yo no compro nada si antes no lo pruebo- dijo Héctor.

- ¿Qué?!- se exaltó Ramón con una violencia difícil de contener-. ¿Tú nos has visto caras de hermanitas de la caridad?!

- ¡Paz, hermanos!- intervino Salva, eufórico-. El precio lo arregla todo. ¿Cuánto puedes gastar?

Héctor les dijo que tenía cinco mil pesetas. Ramón le dijo que con aquella miseria como mucho le podían dar cuatro pastillas, y gracias.

- Cojones!!- exclamó Héctor con desánimo. Aún así se sacó el billete del bolsillo y se lo pasó a Salva, que le dio las cuatro pastillas.

- Pobre, qué pena me das!- dijo Salva, que tenía unos ojos de colocadísimo divertidísimos-. Mira, para que veas que me has caído bien, te propongo un trato: si eres capaz de enrollarte con la chica que yo te diga, te doy media raya, de verdad.

- Eso está hecho- dijo Héctor, muy confiado de sus dotes seductoras.

Salieron de los lavabos y se acercaron a la pista donde bailaban las tres chicas con el grupo del Instituto Británico.

- Tiene que ser aquella de la minifalda negra. ¿La conoces?- le dijo Salva señalando a Sandra.

- No. ¿Y vosotros?- se interesó Héctor.

Los dos camellos negaron con la cabeza. Salva añadió que le había indicado esa porque tenía pinta de inaccesible. Por eso mismo, si él conseguía ligársela, seguramente se lo volvería a pensar y la recompensa sería el doble de la que habían acordado.

Héctor ya sentía la dulce coca haciéndole cosquillas en el cerebro y se propuso empezar a trabajar en seguida. Así, se contoneó rítmicamente, fue directamente hacia Sandra y se puso a bailar a su lado, procurando sacar partido de su potencial físico. Pronto le dijo algo al oído y ella sonrió gratamente. Después se cogieron de la mano y bailaron juntos. No había duda: había surgido la química. Los primeros contactos era muy lights. Divertida, ella le marcaba un poco las distancias cuando él intentaba pasarse con los tocamientos. Pero el guaperas ganaba terreno, eso era obvio.

Los amigos y las amigas de Sandra ya se habían cansado de estar tantas horas en la misma discoteca. Este aburrimiento se manifestaba en la poca gracia de sus evoluciones y también en las deserciones que estaban haciendo en la pista de baile.

Ramón y Salva lo controlaban todo desde la barra.

- Va, venga, cambiemos de aires- propuso a Sandra el del cumpleaños.

- Yo no puedo, ya lo sabéis- le respondió ella.

- Es evidente- remarcó el chico con un tono marcademente irónico.

El orgullo de Héctor todavía se infló más.

Cuando los del grupo se despidieron de Eva y de Lorena, Sandra les gritó y les presentó a Héctor. Se besaron y continuaron bailando los cuatro más o menos juntos.

Héctor miró hacia la barra para asegurarse que Salva y Ramón no se perdían detalle. Entonces se acercó Sandra y le besó muy cerca de los labios. Ella se quedó satisfecha.

El avanzado seductor fue al encuentro de los camellos, ilusionado.

- Ya está- les dijo, ansioso.

- Acompáñame al lavabo- le indicó Salva.

Cuando llegaron, Salva hizo media raya más. Explotaba de euforia. A continuación le alargó una papelina a Héctor, pero cerró la mano y encogió el brazo antes de que éste pudiera cogerla.

- ¿De qué vas?- protestó Héctor, extrañado-. Yo he cumplido mi parte del trato.

- Sí, hombre- le replicó Salva-. En mi pueblo un beso de hermano no quiere decir nada.

- Cojones!- se quiso poner firme Héctor, pero se notaba que no era un tío duro-. Ya es mía. La tía caerá. Si no lo he conseguido todavía es por culpa de las amiguitas, que se han enganchado como lapas y así no hay quien trabaje.

- ¿Y para qué están los hermanos?- se ofreció el camello.

Héctor aceptó y, convencido de que se las estaba viendo con gente legal, le dijo que él se las presentaría, pero el otro le dijo que no hacía falta, que fuera a la suya porque ellos sabían presentarse solos.

De nuevo en la pista, Héctor propuso a las chicas ir a pegar un bocado a la Hamburguesería "Ñam Ñam", que estaba a menos de cinco minutos en coche. A ellas les pareció bien y emprendieron el camino hacia la puerta.

- Tres- estaba diciendo Ramón al teléfono del vestíbulo en aquel momento-. Sí, de acuerdo- dijo el conferenciante y colgó.

Las tres chicas y Héctor salieron de la discoteca y se dirigeron hacia el Renault 19 de él. Entonces Salva y Ramón se las apañaron para fingir un encuentro casual. Héctor les siguió el juego e hizo las presentaciones, muy improvisadas.

- Íbamos a la "Ñam Ñam"- les dijo a continuación.

- ¡Qué casualidad!- exclamó Salva.

Espontáneamente, se había creado un ambiente de cordialidad y simpatía.

Los tres chicos entraron en la hamburguesería para hacer las comandas y las tres amigas se quedaron esperándolos sentadas en el capó del coche de Héctor.

- Estos dos no nos han dicho los nombres- dijo Eva.

- Yo sólo sé que el del pelo rubio tiene una cara de niño que no se la quita nadie- exclamó Sandra, la mar de divertida, y estallaron a reir las tres. Se refería a Salva.

- En cambio tu Héctor...

- Hoy porque ya es tarde pero le daré mi número de teléfono...- mostró Sandra su entusiasmo.

En aquellos momentos Salva sonreía diabólicamente. Era por la satisfacción que le producía la esnifada que acababa de meterse Héctor. Con aquella raya, hasta un caballo se habria colocado.

Ramón se había quedado en la barra pidiendo las comandas. Cuando se las sirvieron, dejó caer unas gotas dentro de la cerveza que ofreció a Héctor nada más verle.

Como las chicas se habían acabado las naranjadas y ellos la cerveza, Ramón entró nuevamente al bar y compró cerveza para todos.

Acabaron de cenar cuando las bromas y las risotadas estaban en el punto álgido. Aquel encuentro tan afortunado se tenía que rematar de alguna manera brillante antes de que ellas se fueran. Héctor era el único que estaba raro, porque en lugar de corresponder a las caricias de Sandra, que cada vez ganaban en intensidad, había decaído mucho.

- No te duermas!!- le murmuraba ella en el oído.

Un chico chepado y cojo, que llevaba muletas para andar pasó por allí al lado y levantó una muleta para saludar al adormilado, al mismo tiempo que lo llamaba por su nombre:

- Héctor!

Pero él no se dió cuenta.

Unos minutos más tarde dos jóvenes se acercaron al cojo, que les pasó unas papelinas.

Salva parecía que había comido lengua. Se llevó la mano al bolsillo y sacó diez o doce invitaciones. Eran de Símius, la nueva discoteca de lujo inaugurada en Cambrils hacía dos meses. Incitador como él sólo, les dijo que si se daban prisa todavía llegarían a tiempo de presenciar uno de los platos fuertes de la noche: una mona vestida de seda bailaba entre culturistas y acababa haciendo un strip-tease.

Las tres amigas empezaron a reirse al oir eso. Héctor le dejó las llaves del coche a
Ramón para que condujera.

Salva ocupó el asiento del copiloto y, detrás, iban sentados, en este orden: Héctor, con Sandra en sus piernas, Eva y Lorena.

la parejita iba a su rollo, por tanto, la actuación de Salva tenía como espectadoras, básicamente, a las otras dos chicas. El chico estaba imitando a la mona que iban a ver en la discoteca. Eva y Lorena se descojonaban.

Sandra, por contra, estaba muy despegada. Héctor, cada vez más y más amorfo, finalmente se durmió. Así pues, le dejó por imposible. Se dio cuenta que el reloj marcaba casi las dos, pero no se dio cuenta, en cambio, que circulaban por la autopista.

- Nosotras tenemos que volver a Discomaníac- advirtió en voz alta a los camellos.

- ¿Dónde estamos?- le preguntó Héctor en aquel momento, apenas podía abrir los ojos.

Como Ramón no parecía darse por aludido, Sandra pensó que no debía haberles oído a causa del volumen del radiocassette, y le dio un golpe en el hombro. Él le bajó la voz y después de escuchar las razones de la chica, le dijo:

- Ya estamos llegando. Tan sólo echaremos un vistazo para que lo veáis y en seguida os llevamos a Discomaníac.

El cuentakilómetros marcaba 170 km/h. Después ramón redujo ostensiblemente la marcha, puso el intermitente de la derecha y se dispuso a abandonar la autopista.






Manel Joan i Arinyó, "El cas Torreforta"

viernes 6 de febrero de 2009



Aprovechando la visita de Vicente Vila, que quería hablar con ella, Montse le dijo a sus compañeros de sección que no se preocuparan y que bajaran al bar a almorzar, que ella se quedaba de guardia. No tuvo que insistir mucho.

- Ten- le dijo. Y le dio un sobre al ex jefe de los Informativos.

Él lo cogió, lo abrió un poco y, sin sacarlos, contó los billetes que había dentro. Después miró a Montse y, satisfecho, se guardó el sobre en el bolsillo de la americana.

- Yo ya no estoy para estas empresas- dijo-. EL otro día en la Caixa el corazón me iba a mil.

- Apa!- le quiso contradecir ella, pero sonó el teléfono y lo cogió.

Vicente aprovechó para echar un vistazo. Cuando llegó a la mesa de Roger se paró y arregló todos los papeles que había. Así hasta que Montse pudo estar de nuevo con él. Se acercó a la chica, se sentó a su lado y le preguntó:

- ¿Cómo lo lleváis?

- Pues no sé qué decirte- dijo ella, insinuando un gesto de desánimo-. Tú ya me habías advertido del temperamento inestable de Roger, pero todavía es más inmaduro de lo que me había imaginado. He tenido que estar animándolo continuamente para que no se desinflara y abandonara a la primera adversidad que nos surgiera.

- Estos últimos años ha sufrido mucho, no lo olvides- le estaba diciendo Vicente cuando el aludido llegó.

- ¿Cómo te va ex jefe? Parece que te hayas quitado diez años de encima- le dijo Roger después de saludar también a Montse.

Era extraño pero Roger encontró un sentimiento contradictorio al encontrar a Vicente por sorpresa. Por un lado estaba el sentimiento de respeto y gratitud que sentía hacia él, pero al mismo tiempo le provocó un mal extraño. Sin duda, relacionó, inconscientemente, su presencia con aquel día nefasto que le comunicó el descubrimiento del cadáver de Eva.

- ¿Cómo os va el reportaje?- se interesó Vicente. Roger miró a Montse esperando su aprobación. Como ella le dijo que sí con la cabeza, improvisó un resumen. Por lo que hacía referencia al sumario, lo llevaban todo al día. Ahora bien, mirando por allí y por allá se habían topado con dos detalles, digamos, desconcertantes. Uno era el del segundo vehículo que un okupa había visto circular por el camino del polígono industrial, hecho que no aparecía citado en ningún informe.

EL otro punto discordante, teniendo en cuenta la dudosa fiabilidad de la fuente, era que se habían cometido irregularidades en la autopsia de Sandra.

- Vaya!- exclamó Vicente-. Ahora sí que me sabe mal no estar en activo, ya que trabajaríamos juntos!- sin poder evitarlo miró a Montse de reojo mientras pronunciaba las últimas palabras.

- Y todavía no sabéis la última- les dijo Roger.

Entonces les comentó la conversación que había mantenido con la sargento y el propósito que tenía de ir a casas de Eva para hablar con Julia (su madre) y con las gemelas, a ver si entre todos hacían memoria.

- He quedado que pasaría a visitarlas hacia las cinco de la tarde. Elas no saben a qué voy, pero creo que colaborarán cuando se lo diga. Y si tenemos suerte, todavía podré decirle los resultados a la Mosso hoy mismo- anunció Roger.

Montse se había cogido la parte central del sujetador dos o tres veces en menos de un minuto. "Mi compañero es la hostia!", pensó. Y después de mirar a Vicente, se le acercó, intentando contenerse.

- ¿Qué dices que harás?- le abordó-. Tu misión es asegurarte de la ropa que llevaban ellas aquella noche, evidentemente. Pero cuando tengas la información, antes de llevara allí, la estudiaremos nosotros por si nos sirve de algo.

Montse estaba hablando claro. Entonces, teniendo en cuenta el carácter, más bien dócil de Roger, se podía pensar que ya estaba todo dichoy bendecido, pero el chico reaccionó de una manera que dejó a los otros dos un poco descolocados.

- Eso sí que no!- aseguró sin ningún tipo de vacilación-. Yo me he comprometido con la sargento y cumpliré mi palabra!

Como la vista de Roger había ido de Montse a Vicente, este último se creyó autorizado a contestarle.

- Escucha, Roger- comenzó a intervenir en tono conciliador-, no me gusta meterme donde no me llaman, pero creo que Montse tiene razón. La policía ha dispuesto de tiempo y de medios para investigar todo aquello relacionado con el caso. Si por incompetencia, o bien interesadamente, no han sacado nada en claro, es problema suyo. Yo, de vosotros, os lo digo sinceramente, iría a vuestro rollo y ellos que se apañen, que se ganen el sueldo.

Roger estaba muy despistado. Una cosa era la postura de Montse, que no le sorprendía nada, pero que Vicente le apoyara! Eso era más duro. Ellos no se daban cuenta, puede ser, que la gesyión que se disponía a emprender ya era muy delicada para, encima, añadirle conflictos.

- Hacemos una cosa- intervino Montse-: tú, Roger, consigue la información, la analizamos nosotros antes y, si de verdad consideramos que es importante para la investigación policial, se la llevas en seguida a tu... Mossa.



Roger se estaba acabando el café que le había preparado Julia, cuando llegaron las gemelas. Venían del colegio y se alegraron mucho de verlo. Teóricamente, él había ido sólo de visita, pero la madre de Eva tenía la intuición de que buscaba alguna cosa más. Si no, no le esquivaría la mirada.

Las niñas le contaron cosas del colegio y del viaje que harían a final de curso para celebrar que acababan la Primaria. Él se esforzaba por escucharlas, pero su pensamiento estaba en otra habitación de la casa.

Se imaginaba el dormitorio de Eva, que seguramente Julia debía mantener intacto, como si esperara todavía el retorno de su hija. Un retorno que ahora se había vuelto imposible.

La pobre mujer abriría los armarios y los cajones, impecables, con todos los vestidos de la hija limpios y planchados y curiosamente, colgados y doblados en su sitio.



Tuvo que sacar el pañuelo cuando pensó que sacaría la lencería con todo el amor del mundo y la dejaría ordenadamente encima de la cama. Las bragas y los sujetadores conjuntados y también los que no formaban combinación. Las gemelitas no se perdían detalle. Lástima que no fueran dos o tres años más grandes, porque en ese caso seguro que recordaban algo. Entre hermanas el intercambio de ropa, incluso íntima, era frecuente...

Juñia notó que los ojos de Roger se humedecían y envió a las hijas a la cocina para que se preparan la merienda.

En su delirio, Roger se había pasado por las mejillas aquellas piezas de ropa que él, alguna vez, le había ayudado a Eva a quitarse. Evocó, incluso, los nervios, el temblor de la primera vez. Aquella veneración religiosa que él sentía por el cuerpo de su querida Eva.

No, no se vio con corazón para continuar y, como pudo, se despidió de Julia, que le acompañó hasta la puerta con una mano en la espalda, consolándolo. A ella ya no le quedaban más lágrimas.

Salió de la portería y cuando atravesaba el jardín de la finca, sintió que lo llamaban. Eran las gemelas, que lo seguían y estaban a su lado en seguida. Le dijeron que le habían visto en Tarragona hacía unos días. Ellas habían ido a visitar el Museo Arqueológico con toda la clase y, al salir, vieron que atravesaba la Plaza del Rey y entraba en un bar. Pidieron permiso a la maestra para ir a saludarlo pero se les hacía tarde para coger el autobús y no se lo concedió.

- Es muy guapa- dijo una de ellas.

- ¿Quién?- preguntó él.

- Tu novia.

- Oh no- quiso sacarlas del error- no es mi novia. Sólo es una compañera de trabajo. De todas maneras, se lo diré, que la véis muy guapa. Se pondrá contenta.

- Eva te quería mucho, Roger- le dijo que la había intervenido en último lugar-. Siempre nos estaba hablando de ti y nosotras, en nuestro mundo infantil de entonces, te considerábamos nuestro hermano mayor.

- Y nuestro héroe- dijo la otra.

- Yo también la quería- se sinceró Roger-. Es la persona que más he querido y creo que querré en toda mi vida...

- ¿Vendrás a visitarnos de vez en cuando?- continuó preguntándole la misma.

- Oh, y tanto!- les aseguró él.

- Puedes traer a tu novia, si quieres- dijo la hermana.

- ¿Ya estamos otra vez? ¿Cómo os tengo que decir que yo no necesito a ninguna novia si os tengo a vosotras? Vosotras sois mis novias!

Ellas sonrieron de oreja a oreja. Roger las cogió por los hombros y las acompañó hasta la portería, donde se despidieron con dos besos en las mejillas.


Hoy en día Belinda dirigía el prestigioso gimnasio "Venus y Apolo", situado en la Avenida de Pau Casals. Cuando le dijeron que un tal Roger Bosc quería hablar con ella, dejó la clase a cargo de la alumna más aventajada y salió a recibirle. En seguida fueron a su despacho, que estaba en el piso de arriba.

- ¿Pero tú no entiendes que yo no me fijo en la ropa interior de mis alumnas? Además, me estás hablando de hace tres años!!

Ella, que se había cubierto el cuerpo con un albornoz coto de seda, apoyaba el culo en su mesa; Roger estaba de pie, en frente de ella.

- ¿Y en las cintas? ¿No habrá nada?- se le ocurrió de repente a él.

Belinda tuvo una especie de sofoco y se puso derecha para que no se le notara tanto.

- ¿Qué dices de las cintas?- dijo, extrañada.

- Eva me había dicho muchas veces que tú tenías la costumbre de grabarlas dentro de los vestuarios, sobre todo después de los festivales.

- Ah, en las cintas de las actuaciones y después en los vestuarios. Ahora sí caigo!- dijo ella que, en seguida, le aclaró-: Pero eso no era siempre. Sólo alguna vez y de broma- Belinda, al decir estas palabras había empleado un tono tan dulce que en otras circunstancias habría desarmado a Roger-. Me sabe mal, pero no te puedo ayudar- añadió.

La monitora se acercó a Roger y le puso una mano en el hombre para acompañarlo a la puerta del despacho. Él, en cambio, no se movió y le dijo, receloso:

- Tú déjame la cinta de aquella noche y yo ya comprobaré si me sirve de ayuda o no.

- ¿Y qué sacarás de remover el pasado?- le trató de convencer ella-. Yo la ví en una ocasión y me harté de llorar y no he tenido fuerzas para volver a verla nunca más. Tanto es así que no recuerdo dónde la guardé- la voz de Belinda sonaba cargada de sentimiento.

Él, muy firme, le advirtió que la tenía que buscar.

- Si no quieres que venga la policía a pedírtela- dijo sin exaltarse, pero con contundencia.

El aviso hizo efecto en Belinda que al principio se quedó un poco pensativa.

- Está bien- dijo un segundo más tarde-. La buscaré pero porque la pides tú, pero antes me tendrás que decir qué has querido decir con eso de la policía. ¿Me estás amenazando?

- No, por favor, perdóname- Roger se apresuró a disculparse-. No me hagas caso, estos últimos días estoy muy alterado...

No hacía falta que se lo hubiera dicho.

- Una cosa, Roger- se le acercó ella-: aquella noche la cámara se me quedó grabando accidentalmente los vestuarios. Por eso aparece alguna chica con poca ropa. Por lo que más quieras, no me pongas en ningún compromiso- le suplicó.

Roger le explicó que aquella contingencia no le tenía que preocupar en absoluto.

- Como profesional te aseguro que, tanto si puedo sacar algo de la grabación como si no, me guardaré muchísimo de revelar quién me la ha facilitado- le prometió.


Cuando Eva, Lorena y Sandra aparecieron en ropa interior en el monitor de la tele de Montse, ésta congeló la imagen, la digitalizó y la sacó por la impresora. Actuó así con cinco o seis instantáneas diferentes. En seguida cogió las fotografías y se sentó en el sofá al lado de Roger. No tardó en reverlarse como una gran experta en ropa interior femenina.

- El sujetador de Eva es un Wonderbra- dijo-. Y las bragas parecen de la casa Triumph. O puede ser Janira- las dos piezas eran negras-. En cuanto al conjunto de Sandra- que era de color salmón-, debía ser de seda y es de la casa de Lorysol, sin duda. Aun así, esta ropa de Sandra no nos aporta nada, ya que al sumario consta que la llevaba puesta cuando apareció muerta.

Roger estaba muy afectado y miraba fijamente una foto mientras Montse terminaba de darle la explicación:

- El conjunto de Lorena puede ser de la casa Teleno. Los venden en mercados ambulantes y en las grandes superficies.

La calefacción estaba muy fuerte, casi molestaba, y Montse iba en camisa. Llevaba mucho escote y según como se pusiera se le veía un hombro, otro y los tirantes del sujetador.

- Eva era muy maja- dijo dejando de mirar la foto que tenía en las manos y poniéndose a mirar la que tenía Roger.

- Era preciosa- dijo él con cara seria.

- ¿Todavía la quieres?- preguntó ella, dulcemente.

Él dijo que sí con la cabeza. Motse no pudo reprimir tocarle el pelo con las manos. ¡Era tan buen chico! Durante unos segundos los ojos de los dos se encontraron, pero él se apresuró a desviar la mirada nuevamente hacia las fotos, que al final dejó sobre la mesa.

- Mañana se las llevaré a Anna- anunció.

- Tú mismo- se coformó Montse, comprensiva- pero date cuenta que será como tirarlas al río- le advirtió-. Recuerda qué pasó cuando Calvet descubrió las irregularidades cometidas en la autopsia de Sandra...

Montse había descansado su mano derecha sobre la espalda izquierda de Roger y le hacía como una especie de masaje. Él, rojo, estaba muy cortado. La mano de la chica llegó hasta la nuca. Seguidamente, pegó una culada y se sentó muy cerca de Roger, le pasó sensualmente los labios por la mejilla y el cuello, por la oreja, susurrándole:

- Dime que no estás enfadado conmigo...

Él guardó silencio. Entonces Montse le besó tenuemente en los labios. Tampoco hubo ninguna respuesta. En los ojos de Roger, las facciones de Eva se habían apoderado de la cara de Montse. El pelo negro y rizado de las dos era tan parecido... Le era imposible reaccionar.

Así hasta que Montse, asistida por la más alta inspiración seductora, se colocó su máscara del carnaval de Venecia. Este hecho desarmó a Roger, que no pudo evitar que el ímpetu sexual de su colega le arrojara hasta el fondo de un mar de desenfreno que él todavía desconocía.

En el monitor, la imagen paralizada de las tres chicas fue testigo mudo del abrazo más bello de los abrazos que se hacen y se deshacen.

Roger no se había imaginado nunca que Montse fuera capaz de hacerle vivir aquella vorágine carnal. Y tuvo muy claro que su vida estaría dividida para siempre en el antes y el después de aquella noche de amor. Y no sólo por el tema sexual.


El teléfono sonaba y sonaba, incansable. ¿Quién podía ser en aquellas horas de la madrugada? Eran las dos pasadas. Finalmente, Montse que tenía el pelo mojado y se cubría el cuerpo con una toalla, salió del baño, entró al dormitorio y descolgó.

- No puedo dejar de pensar en ti- le confesó el ex forense al otro lado de la línea.

- Entonces ya estamos en paz: yo también pienso mucho en ti- le agregó ella.

Dos o tres minutos más tarde se abrió nuevamente la puerta del baño que daba al dormitorio y entró Roger. Se secaba el pelo y estaba completamente desnudo. La chica colgó el teléfono. Él se le acercó, la acarició sin mucha convicción y se sentó a su lado. Los movimientos que efectuaba delataban inequívocamente que se moría por saber quién había sido el que había hecho la llamada.

- Era nuestro forense- le aseguró ella-, que dice que me quiere ver.

A él le cambió la cara de golpe y Montse adivinó el motivo.

- Por favor, Roger- le dijo-: no volvamos. Pienso que a estas alturas ya deberías tener claras ciertas cosas.

"Tú has hecho el amor con la Luna, pero yo he subido al Cielo de golpe", le resonó la frase a Roger en días sucesivos. ¿Se la había dicho Montse en medio de la pasión o había sido, nada más, una alucinación suya?



Manel Joan i Arinyó, "El cas Torreforta"

jueves 5 de febrero de 2009

¡EL PREMIO!

Este premio me lo ha entregado YORVAN (http://yorvan.blogspot.com/): Gracias!!



Debo citar seis cosas que me hagan la vida feliz y pasarlo a cuatro blogs amigos. Diré seis cosas que me hacen feliz (o me hacían) porque últimamente no estoy para tirar cohetes, la verdad:



....


Sinceramente he estado un rato pensando pero no me sale nada, no sé por qué, así que voy a citar a los blogs:

Me gustaría darlo a más gente, pero son las normas... :P


miércoles 4 de febrero de 2009

FELIZ CUMPLEAÑOS (04-02-2009)

FELICIDADES LORENAAAA!!!!

No nos conocemos mucho pero me caes genial y espero que tengas un cumpleaños de puta madre (qué kinki soy ehh Natalia?? jaja)

Que te lo pases genial y disfrutes mucho y los 22 te traigan todo lo mejor, guapa!!

Ójala pudiera ir a la cena, pero nena, el mapa de España está muu mal repartido, muy extendido ehh?? jaj

Muchos besazos y que disfrutes los 22.


¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS!!

martes 3 de febrero de 2009

CAPÍTULO 10



- Usted antes era forense, ¿no?- acertó a preguntar Roger, muerto de miedo, al dentista. Éste le acababa de anunciar que tenía una caries muy pequeña en una muela.

- No, el que había hecho de forense es mi primo Jaime, pero ahora es médico naturista- le respondió. Y se puso a trabajarle la caries sin haberlo anestesiado.

Dos horas más tarde, Montse y Roger estaban en presencia de Jaime Calvet, que de entrada, ya les sorprendió negativamente por su aspecto de dejado. Y es que, con los primeros signos de alcohólico en el rostro, de vez en cuando se le escapaba algún gesto para que no hubiera dudas. Tenía el pelo alborotado y la bata, además de vieja, la llevaba mal abrochada. Aparentaba más de cincuenta años pero se aseguraron que tenía cuarenta y uno.

Sentados frente a frente, Montse se había dado cuenta que Calvet la miraba con lascivia. Y decidió devolverle las miradas con más intensidad aún. La falda de aquella tarde era tres o cuatro centímetros más larga que la que se había puesto hacía dos días para ir a la Caixa.

- Vosotros diréis- se interesó el naturista.

- Mi problema es que hace tiempo que quiero adelgazar y no lo consigo con ninguno de los regímenes que hago- intervino Montse.

Roger afirmó con la cabeza pero Calvet lo miró interrogativamente.

- No, de verdad- volvió a hablar la chica-: lo que pasa es que somos periodistas y nos han encargado un reportaje sobre medicina naturista.

- Ah, si es así, como ya se ha hecho la hora de cerrar, podemos hablar en otro sitio- les propuso el forense.

Cuando ya se iban, Roger pudo ver una botella de whisky DYC vacía, en la papelera.

Sentados alrededor de una mesa en un bar que había debajo mismo de la consulta, el naturista estaba como pez en el agua. Tenía un vaso de whisky en la mano y tres o cuatro que ya descansaban, vacíos, encima de la mesa. Los cigarros, asimismo, los empalmaba. En cuanto a Roger y Montse, él se había decantado por la naranjada y ella por la Coca-cola.

Calvet, eufórico, hablaba y no acababa. Se daba cuenta que Montse le reía todas las gracias. Roger, en cambio, comenzaba a sentirse incómodo.

- ¿En qué piensas?- le preguntó Calvet-. Que no está bien que un médico naturista fume y beba como un descosido, no?

Como Roger no hizo ninguna intención de responderle, Montse le dijo que sí, que la verdad es que sorprendía bastante.

- Tiene razón el chico- volvió Calvet a su rollo-, no está bien. No está nada bien. No soy un buen naturista. Ni un mal naturista tan sólo. Bien mirado, tengo tanto de naturista, como de marsupial!. Ha! Ha! Ha!

Roger pensó que con dos o tres whiskys más, aquel doctor Aspirino sería capaz cantar ópera y todo.

- Entonces, ¿por qué te dedicas a ello?- le preguntó Montse.

El ex forense les pidió que todo eso no lo pusieran en el reportaje, ya que él no le aconsejaría nunca a ningún paciente que siguiera su mal ejemplo. Después les confesó que trabajaba de médico naturista por evadirse, simplemente. Aunque a continuación, como descarga, añadió que eligió esa especialidad porque, dejando de lado la que practicaba antes, era la menos agresiva.

- Ah sí! ¿Cuál era?- Montse se estaba haciendo la loca.

Calvet la miró con cara perpleja.

- Coñe, camarero!- renegó mientras movía el vaso vacío en el aire-. Nos quieres matar de sed!

- Ya voy yo a buscarte el suministro- se ofreció Roger, que se dirigió a la barra.

Un minuto más tarde, cuando volvió a la mesa, el pseudonaturista estaba en plena narración de sus batallitas:

Era un chico de unos treinta años que no sabíamos de qué había muerto- explicaba mientras se le enredaba la lengua-. Yo me estaba colocando los guantes para comenzar la autopsia, cuando de golpe y porrazo el individuo dejó salir un eructo que por poco nos tumba al suelo! Mis ayudantes todavía corren y si yo no huí también, fue porque del susto se me aflojaron las piernas y me caí de culo!.

Ahora no se cayó de culo pero sí que se bebió de golpe el whisky que le había traído Roger.

- Ha! Ha! Ha!- Montse no paraba de reir y se agarraba la tripa para no hacerse daño. Animada, llamó al camarero y le pidió que dejara hielos y la botella de Johny Walker en la mesa. Ella misma se sirvió una buena ración después de ponerle más de medio vaso al que se acababa de caer de culo.

- Cuando le diseccioné el estómago vacío comprendí el por qué de su extraña y, sobre todo, ruidosa reacción. Los últimos días antes de morir, debió haber tomado bicarbonato en cantidades industriales, por eso brotó post mortem de aquella manera tan portentosa. Oh, y todavía gracias, porque si no lo hace, revienta! Y entonces, plaf!

Montse volvió a estallar de risa.

- Que me meo!- dijo, casi llorando de la risa.

- Perdonad, voy un momento al lavabo- dijo Roger, inflexible, con cara de boxer.

Calvet se le había quedado mirando mientras se iba, pero Montse supo reclamar y captar su atención en exclusiva: cruzó y descruzó espectacularmente las piernas de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, y al médico le faltó bien poco para quedarse boquiabierto.

“Murallaaaaaas de Tarragona!”, bramaba Calvet como un loco en el coche de Montse, donde ocupaba el asiento del copiloto. Roger iba detrás y la chica conducía. Cuando llegaron delante del portal del edificio de Roger, Montse paró el coche para que bajara, pero primero tenía que salir ella para dejarle paso. Él no podía disimular la rabia y su “Buenas noches” sonó más a maldición que a otra cosa. Después se quedó plantado en la acera y esperó a que el coche se fuera. Y todavía fue peor ya que, para más inri, Calvet consiguió bajar el cristal de su ventanilla y mientras sacaba la mano para saludarlo, le dijo:

- Adiós, chico. Camina por la sombra y, sobre todo, no tomes demasiado bicarbonato.


Mira por dónde, media hora después no quedaba ni rastro de aquella alegría. Al contrario, la cara del forense era el súmmum de la decepción.

- Soy un des-gra-cia-do!- se quejaba con la boca torcida.

Medio estirado en el sofá del piso de Montse, tenía la camisa desabrochada y esta hecho un asco.

- Yo me lo estoy pasando muy bien- le dijo ella y le acercó un vaso de whisky.

Calvet lo cogió y con el otro brazo abrazó a la chica por la cintura, más por sentirse un poco amparado que no en tono sensual. Ella le cogió la mano y se sentó a su lado, comprensiva y dulce.

El ex forense estaba tan atolondrado que se había tenido que quitar los mocos para poder hablar.

- ¿Por qué me has preguntado por la autopsia de Sandra Castro? Por qué?!- se lamentó-. Es un episodio negro para mí, el inicio de todos mis males! Me echaron de la facultad, una compañía de seguros me denunció por haber cometido irregularidades en una autopsia, poco después mi mujer me dejó y se llevó a los niños…- ahora ya lloraba sin ninguna vergüenza.

- Explícamelo todo. Te hará bien- le aconsejó Montse cerca del oído.

Ella se levantó y caminó hacia una mesita que había en frente del sofá, cerca de la pared. Allí, precisamente, colgada había una máscara de cuero del carnaval de Venecia. Representaba la luna. En la mesita había un ramo de flores que ella retocó un poco. Después cogió una botella de Ballantine’s y volvió hacia Jaime Calvet para rellenarle el vaso otra vez, ya que no le quedaba.

- Cálmate- le dijo ella-. Me pondré cómoda.

Al acabar de decirle eso se fue haca el dormitorio subiéndose el vestido y sacándoselo por la cabeza. Calvet se creía que veía visiones. Por no hablar de cuando le vio los pechos, un segundo más tarde, ya que ella volvió al salón poniéndose una camiseta que decía “New York”.

- Explícamelo todo, te vendrá bien- le dijo nuevamente Montse´, incitándole al oído.

- Yo, yo...- empezó Calvet- estaba de servicio cuando trajeron el cadáver de Sandra Castro. Me puse a trabajar en seguida, sin perder detalle, te lo juro, pero yo sabía mucho, con guantes y todo, con los cinco sentidos, yo...

EL ex forense paró en seco.

- ¿Qué te pasa?- le preguntó ella.

- Yo...-volvió a balbucear él-.. estaba haciendo el examen visual.

Se paró nuevamente.

- ¿Qué me decías de un examen visual?- le invitó Montse a continuar.

- De... De... Después de un examen visual muy completo, de verdad, recogí todos los restos y...

Calvet estaba muy excitado como para poder hablar y ella le volvió a poner whisky.

- ...torturada, semen, semen, mucho semen... bocados... pelos de diferentes colores...

A Montse se le pusieron los ojos como platos. ¿Lo había oído bien? La borrachera de Calvet era más que evidente, pero al mismo tiempo era muy categórico en sus declaraciones.

- Ya me disponía a diseccionar el cadáver cuando llegó Colomer y me relevó del caso. Lo primero que hizo fue mandar que lavaran el cadáver.

"Después me aseguré que no había analizado las pruebas que yo había recogido".

"Para vengarme, se lo conté todo al abogado de Héctor Moreno".

- ¿Y qué hizo este?- le preguntó Montse.

- No lo sé. Tomó nota y me dijo que me avisaría. Como de golpe y porrazo me vinieron todas las desgracias, yo desconecté del mundo y ya no volví a saber... nada... más...

Aclarado esto, Calvet quedó absorto, como si pensara en lo que tenía que decir a continuación. Así, hasta que Montse se dio cuenta que se había dormido. Entonces le cogió el vaso de la mano, lo dejó en el suelo y le subió las piernas al sofá para que durmiera plácidamente la mona. También lo tapó con una manta para que no cogiera frío.

Después se dirigió hacia la mesa, escarbó dentro del ramo de flores y desconectó la microcámara que tenía camuflada.



CAPÍTULO 11



Era un mediodía esplendoroso, Roger y Montse, apoyados sobre la barandilla del Balcón del Mediterráneo, miraban al mar en calma. Una bonanza marítima que contrastaba con la mala uva de él.

- Pelos de diferentes individuos en el cuerpo de Sandra, fracturas, quemaduras, empalamiento, contusiones, uñas arrancadas, mordeduras de animales de presa, marcas de correas en el cuello, en los tobillos, en las pantorrillas...

Roger tuvo que hacer una pequeña pausa para coger aliento y poder continuar:

- No debes pretender que hagamos caso de los delirios de un borracho que despachan de todos los lados donde trabaja!!- Aquí puso fin a su violenta intervención.

- Yo no pretendo nada- le replicó ella-. Y además, la idea de hablar con él fue tuya.

Roger la miró con cara de pocos amigos pero no abrió la boca. Ella también le estaba mirando y no pudo evitar decirle:

- Lo mínimo que podrías hacer es darme las gracias por el tiempo que he perdido aguantándole el mal rollo al borracho. Y en cambio, actúas como si estuvieses celoso.

- ¿Celoso?- Roger no se esperaba aquella salida de Montse y se quedó un poco pensativo. Pero en seguida dijo-: Si es verdad lo que afirma, para mí lo más significativo es la cantidad de semen que dice que extrajo de la vagina y del recto de Sandra, imposible de producirlo un solo individuo en un período de treinta horas, que es el tiempo máximo que pudieron estar juntos Héctor y ella.

- Pues a mí también me choca mucho el hecho de que Colomer mandase limpiar el cadáver antes de ponerse a trabajar en él- dijo Montse.

Después de las caras largas y del inicio de discusión, los dos amigos se fueron calmando poco a poco. Alguien que los estuviera viendo de lejos podía pensar que eran una pareja de enamorados, mirándose a los ojos de aquella manera tan tierna. Mientras caminaban hacia los coches, Montse le tocó amistosamente en un muslo. Y él, como siempre que ella le tocaba, se quedaba medio turbado. Bloqueos y timideces de Roger a parte, Montse empezaba a ver claro que ella, para él, ya no era nada más una compañera de trabajo.


- Hola mamá- saludó Roger a su madre, que estaba en la cocina.

Dejó en el suelo las dos garrafas de agua que llevaba y se acercó para besarla.

- Antes que se me olvide- dijo la madre-. Te ha telefoneado la sargento Recasens. Quiere que vayas a verla en cuanto puedas.

La sargento de los Mossos le explicó a Roger que la policía había desmantelado en París una red de pederastas criminales, que además traficaban con toda clase de material pornográfico.

- Entre sus depravaciones está el fetichismo. Algunos de ellos coleccionaban ropa íntima de chicas que han sido víctimas de agresiones sexuales.

- ¡Qué monstruos!- exclamó Roger con un estado de ánimo bastante decaído.

- Sí, chico, estas cosas van así. Lo siento.

La policía estaba interrogando a los detenidos.

Roger se estaba mareando y Anna lo notó. O se daba prisa en decirle lo que quería de él, o no llegaría a tiempo.

- ¿Tú no sabrías decirme qué modelo, qué marca o qué color eran las bragas y el sujetador que llevaba Eva la noche que desapareció?

- No lo sé- le respondió Roger después de haberse sonado la nariz con un pañuelo. Su voz sonó rota.

- ¿De verdad?- le insistió la sargento-. No te cortes, si lo sabes, dímelo.

- De verdad, no lo sé- dijo él, moviendo los brazos con desesperación.

Anna parecía que no lo dejaría pasar, pero la mirada le fue a parar a la foto que tenía de ella con su hija.

- Yo estoy segura que, si te lo propones, al final, lo sabrás- quiso animarlo. Después se dio cuenta de la única y triste alternativa-: si no, tendrá que ir directamente la policia a preguntarlo a los padres y piensa que este trámite no será agradable para ninguno.

Roger en seguida se vio decidido a hacer todo lo que pudiera.

- Déjame un día o dos para que piense- le pidió a Anna.

- De acuerdo. Por cierto, ¿cómo lleváis el reportaje? ¿Habéis descubierto algo que la policía ignore?

Roger la miró y a ella le pareció que le revelaría algún dato que fuera mínimamente significativo, pero fue una percepción falsa, ya que se limitó a decirle:

- ¿El reportaje? Ahí vamos...

Manel Joan i Arinyó, "El cas Torreforta"

lunes 2 de febrero de 2009

CAPÍTULO 8




La sargento Anna Recasens se acercaba a la cuarentena. Era alta y esbelta, aunque lo que más destacaba de su figura era la voluminosa contundencia de sus pechos. Aunque la amargura de su uniforme y que todo en ella emanaba fortaleza, Roger la encontró muy atractiva.

Él no le fue con excesivos romances pero ella aún le ganó:

- Los Mossos tenemos por norma no participar en ningún programa de radio o televisión que pueda alimentar la morbosidad de la audiencia

Roger se sintió ofendido con aquella salida de tono. Y, muy digno, le replicó:

- Perdone: en TV7 no solemos producir reportajes morbosos, sino que siempre perseguimos que tengan un alto contenido informativo y humano.

Anna se ve que tampoco se esperaba la respuesta de él y se levantó de la silla. Ya había mirado a Roger de reojo en dos o tres ocasiones.

- Me ha encontrado de casualidad –le dijo-: me disponía a bajar a la cantina para comer.

- En ese caso, muchas gracias por su tiempo. Ha sido muy amable.

Entonces, bien porque había surgido un malentendido, bien porque la sargento consideró que se había pasado, lo cierto es que se disculpó e invitó a Roger para que le acompañara.

- Señor Bosc, creo que usted se ha precipitado en sus conclusiones- le dijo-. Yo no he pretendido ser grosera en ningún momento. Es cierto que sólo dispongo de media hora para comer y después he de incorporarme a una patrulla de calle. Pero si no le importa que me explique entre bocado y bocado, podemos continuar hablando abajo.

Cuando ya iban a salir, Roger pudo ver, al final, el anverso de una fotografía que estaba encima de la mesa. Anna Recasens y una chica de unos diecisiete o dieciocho años sonreían, abrazadas por el cuello y por la espalda. A la Mosso no le pasó desapercibido que Roger miró la foto. Él hizo una mueca y, al verse sorprendido y cohibido, miró al suelo.

- ¿Tú quién eres, realmente?- le interrogó ella serenamente, pero inflexible.

- Soy periodista de TV7, ya se lo he dicho- le respondió Roger medio atrancándose y le enseñó el carnet profesional, que ella no miró.

- ¿Vamos?- le invitó la sargento mientras le decía que no con la cabeza.

- ¿Le importa que nos tuteemos?- le preguntó Roger mientras esperaban el ascensor. No se había dado cuenta que ella, unilateralmente, ya había empezado a tutearle.


- Será la primera exposición del taller y piensa que estarán todos muy ilusionados. Por eso tengo tanto interés en que los medios de comunicación se hagan eco- explicaba Nuria a Montse. Estaban las dos solas en el taller de pintura de la prisión.

- Yo te prometo que nosotros daremos la noticia- le aseguró Montse mientras grababa los trabajos.

Todas las telas hacían referencia a temas penitenciarios a excepción de un retrato de medio cuerpo de Nuria. Era muy sugerente, ya que iba con una camiseta de tirantes y tenía una expresión lánguida, incluso sensual, en la mirada. La firma era una hache mayúscula. Montse dedicó más tiempo a grabar este cuadro y, cuando acabó, apagó la cámara.

- Descansaré un momento- le dijo a Nuria mientras la miraba.

- No te esfuerces- se le acercó la monitora-: te lo diré sin que me lo preguntes. La hache que ves quiere decir Héctor. ¿Qué te parece su técnica?

- Yo no lo entiendo casi- empezó Montse-, por tanto no puedo decir nada desde el punto de vista plástico. Ahora bien, en cuanto a sensibilidad, se nota a lo lejos que ha abocado muchísima. Héctor está enamorado de ti, eh?

Nuria no puedo evitar ponerse roja hasta las orejas.

- No debe ser el único, de hecho- añadió Montse-. El otro día me dí cuenta que la gran mayoría de los alumnos te miraban con muy buenos ojos…

- Eso no es mérito mío- dijo, al fin, la profesora-: piensa que muchos de ellos hace meses que no ven a otra mujer que no sea yo…

Como balón de oxígeno, Montse había acertado nombrando a los otros presos, pero en seguida volvió a centrarse en el verdadero motivo de su visita. Según ella, Héctor tenía cara de no haber roto nunca un plato. ¿Creía Nuria que se estaba comiendo un marrón? ¿O puede ser que su presencia de buen hombre era postiza…? Y como estas, otras muchas preguntas, que no obtuvieron ninguna respuesta que no fuera una evasiva. Al fin, la monitora sólo respondió que sí, sin más, cuando Montse la invitó a dar una vuelta.

La presencia de Roger en la cantina del cuartel no había pasado desapercibida para ninguno de los Mossos que estaban allí en aquellos momentos, que en algún momento dedicaban alguna mirada furtiva a la extraña pareja. Ella engañaba al estómago con un bocadillo de lomo. Él había pedido nada más una botella de agua, la misma bebida que había pedido la sargento.

- Yo a ti te vi hace unos días en el entierro de las niñas de Terraforta, pero antes ya te había visto.

- Sí.

******



Polígono de la Arrabassada
Enero de 1994, lunes:



La sargento Rocasens, tres Mossos y dos punks entraron apresuradamente en una nave que estaba muy abandonada. Dentro los esperaban los otros dos punks que con una seriedad extrema velaban el cadáver de Sandra. Estaba colgada por el cuello y en su cuerpo no debía quedar una gota de sangre. La escena fue tan fuerte que Anna estuvo a punto de desmayarse. Un agente vomitó y los otros dos se pusieron blancos como la pared.

Cuando se recuperaron un poco, la sargento pidió a sus hombres que delimitaran la zona. Ella avisó al juez, al forense y a los agentes especializados. En seguida se procedió a iniciar un inspección ocular del cadáver y de sus alrededores más inmediatos.

Al cabo de pocos minutos llegaron tres o cuatro coches Z de la policía, y el comisario César Vidal se hizo cargo de la operación.


Roger también recordaba aquel día de miedo y de dolor. Él estaba en casa de su novia cuando la radio dio la noticia del descubrimiento macabro. El padre de Eva cogió el coche y con su mujer y Roger se desplazó inmediatamente al lugar de los hechos.

Apenas llegaron allí, sortearon penosamente la nube de fotógrafos y de cámaras de televisión e intentaron entrar a la nave, pero unos Mossos se lo impidieron. Entonces Roger cogió una bata blanca de una ambulancia y lo volvió a intentar, pero la sargento Rocasens le negó el paso.

******

- ¿De qué vas?- le pregunto Anna después de beber un trago de agua. El tono no era reprobatorio.

- Eva era mi novia- le respondió Roger, apenado.

- Lo siento mucho- manifestó la sargento, un poco cortada-

- Gracias- le respondió él, consciente de que la situación no era muy agradable para Anna.

- Sé que no te servirá de consuelo- le dijo ella-, pero te aseguro que los diferentes cuerpos policiales no ahorramos esfuerzos para resolver el caso, aunque el resultado haya sido tan pésimo.

En seguida le explicó que su intervención fue prácticamente nula, ya que los crímenes eran cosa del Cuerpo Superior de Policía. Si los Mossos llegaron antes fue porque los okupas que descubrieron el cadáver fueron a denunciarlo allí, a la comisaría.

- En la Casa Rosada, que decían ellos- le aclaró Anna-. Por aquella época instalaban su parada de figuras de madera cortada aquí al lado, en la Plaza de los Carros. Así, teniéndolos de vecinos, se sentían más protegidos de las iras de los skin-heads.

- ¿No hay posibilidad de que yo hable con uno de esos okupas?- preguntó Roger.

Anna lo miró y tardó mucho en responderle.

- Los testimonios están protegidos por la ley- le dijo finalmente.

Si unos segundos antes la cara de Roger era de lástima, en seguida pasó a ser de alma en pena. Y Anna no era de piedra. Pero todavía no fue aquí cuando le tocó la fibra.

- Eva lo era todo para mí- manifestó Roger.

- Sé que debes haber sufrido muchísimo- admitió la sargento-, pero eso no evitará que te diga lo que pienso: si es verdad que estás haciendo un trabajo periodístico sobre el caso, hazlo; pero no interfieras en el trabajo de la policía.

- Eso suena muy bien cuando no se está involucrado, pero si tú vivieras tan de cerca como yo el drama de las madres de las chicas no te mostrarías tan estricta!- empezó a replicarle Roger-. Además, sí que estoy preparando un reportaje. Lo que pasa es que no puedo evitar implicarme también como persona. Y, sobre todo, me gustaría que este mal sueño acabara pronto para que las familias puedan comenzar a rehacer sus vidas, si es que pueden y todavía están a tiempo…

Anna se levantó para irse. Roger, contrariamente, se quedó sentado. Parecía que no le quedaba aliento para incorporarse. La sargento le miró y esta vez ella le aguantó la mirada. A la Mosso le costaba admitirlo pero las últimas palabras de Roger la habían derrotado.

Ella también sabía qué era quedarse despierta todos los sábados por la noche hasta las dos, las tres, las cuatro… Hasta que Silvia, su hija, que ahora tenía diecinueve años, no volvía a casa.

Y los fines de semana que dormía en casa del padre, igual. Silvia tenía que llamarla por teléfono cuando llegaba.

El marido de Anna la dejó el día que la sorprendió en la cama con otra mujer. Pero eso lo sabían muy pocas personas.

El caso es que el sentimiento de madre que llevaba dentro, le hizo transgredir la ley.

- Habla con Jordi Solé. Trabaja en la Urbana número 5 de la Caixa en la sección de créditos. Pero yo no te he dicho nada. Buena suerte.

Nuria y Montse caminaban por el paseo de las Palmeras. Habían salido desde el monumento a Roger de Flor e iban en sentido al Anfiteatro. Comentaban que Héctor había tenido mala pata, ya que desde el primer momento, todas las pruebas le acusaban.

Antes de tratar este tema, Montse había conseguido que Nuria, amparándose en el silencio, le confirmara su suposición.

- De mujer a mujer, Nuria- le había dicho-: tú sientes algo especial por Héctor…

Aclarado este punto, Montse se hizo el propósito de que Nuria se desahogara, por decirlo de alguna manera.

Para estimularla le dijo que un abogado, por muy buen profesional que fuera, no podía rendir igual cobrando una minuta millonaria que actuando de oficio.

Nuria le respondió que entre mucho y poco, ya que Francisco Ixart no se llevó el dinero de los dedos durante todo el proceso. Parecía más preocupado por preservar la buena fama de Sandra, que por defender a Héctor con todas las de la ley.

Montse no sabía a qué se refería en concreto y la otra se lo explicó. Héctor proclamó su inocencia en todos los interrogatorios policiales a los que fue sometido. También aceptó que conoció a la chica en Discomaníac, y tanto que se habían conocido! Hubo abrazos y besos efusivos, ya que ella iba muy lanzada. Tan lanzada que le propuso, a él, salir fuera para drogarse. A partir de ahí se le había olvidado todo. Es decir, ya no admitió nada más.

Cuando se filtraron a la opinión pública estas declaraciones, la indignación popular creció tanto que se levantaron unas voces solicitando la restitución de la pena capital para los casos de secuestro y violación con resultado de muerte.

- Me consta que entonces su abogado le recomendó un cambio de táctica- dijo Nuria. Todavía caminaban por el Paseo de las Palmeras, pero ahora en dirección al puerto-. Él continuó admitiendo que no recordaba nada referido a la muerte de Sandra, ya que de ahí no lo sacaba nadie, pero no volvería a hablar mal de ella.

De hecho, Héctor observó un comportamiento muy sumiso durante el juicio, que se celebró a puerta cerrada porque se tenían que tratar temas escabrosos en extremo. Pero también hubo filtraciones sistemáticas.

El acusado fue condenado a cincuenta y seis años de cárcel. Treinta por asesinato, doce por violación y catorce por rapto y tortura.

- ¿Y tú estás haciendo algo por ayudarle?- quiso saber Montse-. ¿Solicitar que se revisara el caso o que él contrate a otro abogado?

Nuria le respondió que ella sí que se habría embarcado, pero él, en cambio, siempre se había mostrado partidario de no remover nada y dejar pasar diez años, que sería cuando podría acceder a los primeros beneficios penitenciarios.






CAPÍTULO 9







- Pase, el señor Solé le espera- dijo un oficinista a Montse. El lugar, la Urbana número 5 de la Caixa. Vicente Vila estaba en un rincón rellenando unos impresos. Y si no, lo parecía.

La noche anterior, cuando Roger le explicaba a Montse la biografía del empleado de banca, ella no las tenía todas consigo.

- ¿Lo has entendido bien? A ver si voy a hacer el papelón para nada.

- Tranquila, Montse – la animó Roger-: te aseguro que no harás el ridículo. Este elemento ya tenía la carrera acabada antes de entrarle la vena okupa.

El ex punk okupa le esperaba, pero lo que no se esperaba es que Montse debajo del abrigo llevara aquella minifalda elástica, blanca y tan escasa.

Antes de mirarla de arriba abajo, él la había recibido en la puerta del despacho. Habían encajado y la habían invitado a sentarse. Después, turbado por la exhibición carnal, se había sentado en la otra punta de la mesa.

- Usted, señora Català, me ha llamado esta mañana para hablar de un crédito hipotecario, ¿no es así?- se le dirigió con la típica prudencia y ceremonia bancaria. Él mismo se notaba el pulso acelerado.

- Yo te he llamado esta mañana, sí- le tuteó ella con determinación-, pero no necesito ningún crédito hipotecario. Soy okupa!

- No entiendo nada- se le escapó al banquero, perplejo.

- Tal vez lo entenderías mejor si divulgara su pasado antisistema- dejó caer ella la bomba.

Como las paredes del despacho eran de vidrio, Vicente Vila no tenía ningún problema para grabar lo que estaba pasando. La estrategia, la misma que había empleado para obtener las imágenes del entierro de Sandra: un diario doblado bajo el brazo y una microcámara dentro.

- ¿A qué viene todo esto ahora?- Jordi Solé le hablaba a Montse con precaución, como si tuviera miedo de que alguien les escuchara.

- Soy periodista y necesito información sobre el caso Torreforta- más claro, agua.

- En el juicio por la muerte de Sandra Castro ya dije todo lo que sabía. Y si ahora me vuelven a citar…

Y tenía razón. Los otros cargos de la Caixa podían, como mucho, perdonarle el pasado, pero siempre que lo mantuviera enterrado y no se produjera ningún escándalo.

Montse, para calmarlo, le dijo que podía exigir el derecho a la confidencialidad de los testigos.

- Por lo que a mí respecta, seré una tumba- añadió.

Se levantó y vació todo el contenido de su bolso de mano encima de la mesa.

- ¿Qué haces?- le preguntó él, inquieto.

- Mira, no llevo ninguna grabadora- fue la respuesta de la periodista, que también se sacó el forro de los bolsillos del abrigo para que él se diera cuenta que no le engañaba-. ¿Quieres cachearme?- preguntó ella, picarona, mientras se le acercaba insinuantemente, contorneándose.

- No, no, por favor.

- Tú te lo pierdes.



******


Era domingo y Jordi y sus compañeros buscaban un lugar para dormir que no estuviera en el núcleo urbano, ya que aquella noche no se podían permitir ningún contratiempo en forma de encuentro con los skins, desalojo a manos de la policía, etc… Así que, llegaron al polígono de la Arrabassada, que conocían vagamente, y vieron salir un coche de dentro de una nave. Iba sin luces y se alejó a gran velocidad. Los cuatro okupas punks pensaron que se trataría de una pareja de novios, espantada por el ruido que habían hecho ellos al llegar.

******


- El único que mostró extrañeza fue mi amigo Quim Aumatell- reveló el ex okupa a Montse.

- ¿Por qué?- quiso saber ella.

- Porque, según él, un minuto antes nos habíamos cruzado con otro coche en el camino que llevaba al polígono y, eso ya era demasiado tráfico aquella noche. Los otros dos colegas y yo, en cambio, no vimos este segundo vehículo- le aclaró el señor Solé.

- Yo no me aclaro- dijo Montse-. Dices que un tal Quim Aumatell vio dos coches, pero los otros sólo uno. No lo entiendo. ¿Puede ser que tu compañero fuera borracho y lo viera todo doble?

- No, porque debía ser al contrario, que debíamos ser nosotros los que íbamos colocadísimos. Porque él, cuando conducía, no consumía nada.


Cuando Vicente Vila intuyó que en el despacho sonaba la hora de las despedidas, cogió unos impresos de la mesa y salió del banco.

Jordi Solé, por su parte, acompañó a Montse hasta la puerta de la calle y se la abrió para que ella pasara. Hacía años que no se las había visto tan amargas como aquella mañana.

Ella ya estaba en la calle pero reinició el ataque:

- Un último favor, dígame dónde puedo encontrar a Quim Aumatell, por favor.

- Y tanto- exclamó él, un poco liberado de la tensión nerviosa que había sentido durante los últimos treinta minutos-: vive en el Tíbet, retirado del mundo.

Montse escuchó estas palabras con desencanto. Después cuando se giró y él ya no la veía, hizo un gesto de asco.


Ella había aparcado el coche en una calle perpendicular a la de la sucursal bancaria. Cuando entro, Vicente Vila, sentado en el asiento del copiloto, la recibió con una sonrisa de complicidad. Montse también se mostró muy divertida mientras abría el doble fondo de su bolso y sacaba una grabadora en formato pequeño. La abrió y le enseñó la cinta al ex jefe de Informativos de TV7, que todavía tenía su microcámara oculta entre los pliegues del periódico. Entonces lo desplegó, abrió la cámara, sacó la película y se la dio.

- No será gran cosa pero te servirá para el reportaje- le dijo.

Misión cumplida.


Montse llegó con el Audi A3 al cruce donde le esperaba Roger, que llevaba una cámara de TV7. Vicente Vila ya no estaba en el coche.

- ¿Cómo ha ido?- le preguntó Roger tan pronto como entró en el vehículo.

- Prácticamente no sabe nada, pero parece que además del coche de Héctor había otro. Después te lo explico con pelos y señales, pero ahora nos tenemos que espabilar o llegaremos tarde a la conferencia de prensa de Vidal- le respondió Montse.

Como se habían entendido, Roger había estado mirando en la guía de facultativos de diferentes mutuas y sólo había encontrado dos doctores “J. Calvet”.

- Uno es dentista. El otro, ginecólogo!- le comunicó a Montse.

- Te dejo elegir.

- Oh! Mira si me gustan los dentistas que de buena gana me iba al ginecólogo.

- Véte.


Entraron en la sala de prensa de comisaría en el mismo momento en que César Vidal se disponía a hablar. Casi no cabían de tantos periodistas gráficos y literarios que se habían congregado allí.

- Una vez levantado el secreto de sumario quiero ofrecerles un resumen. Me centraré en los puntos más significativos. Héctor Moreno…- inició su discurso el policía.

Roger se alegró de que Montse encontrara un sitio adecuado para grabar a muchos metros de donde estaba el hombre. A diferencia de Jordi Solé y compañía, a él no le apalearon en comisaría, pero el comisario le dio tantas collejas, las dos veces que lo interrogó, que todavía se le engangrenaba el espíritu cuando le veía.

La expectación inicial de los periodistas fueron minando hasta convertirse en soporífero: lo que el comisario les estaba relatando hacía días que era de dominio público.

- Ya verás como no nos dice nada nuevo-le susurró Roger a Montse.

- Calla, a lo mejor en el turno de preguntas tenemos más suerte.

En resumen, César Vidal había dicho que Héctor había estado acusado de estas dos muertes teniendo en cuenta una serie de indicios, a saber: se le había visto salir de la discoteca con las chicas, las armas empleadas en la muerte de las tres eran las mismas y, además, se había encontrado la placa del llavero de su coche en la tumba de Eva y Lorena.

- Sáquenselo de la cabeza- respondió, enérgico y contundente, el comisario a un periodista que le había preguntado-. Es verdad que en los últimos años ha habido alguna desaparición de chicas jóvenes. Pero el caso que nos ocupa no es el de una red organizada de pederastas criminales, como la descubierta en Bélgica hace unos meses, sino los crímenes de un único individuo, y todavía supuesto, por lo que respecta a Eva y Lorena, asesino patológico.

- Y no se podría dar el caso de que Héctor Moreno formara parte de alguna red satánica? De estas que proliferan tanto en los últimos años a causa del fin del milenio?

La pregunta la formuló la enviada especial de Hoy y la respuesta del comisario fue igualmente negativa. Ella lo decía por el ritual de los tres tiros, que se repetía en todos los casos, además del apuñalamiento múltiple.

- ¿Es cierto que la ropa íntima de Eva y Lorena no ha aparecido aún?- preguntó otro periodista.

- Usted lo ha dicho- respondió César Vidal y todo el mundo escuchó atentamente-. Pero eso no quiere decir que más adelante no aparezca, ya que la investigación continúa abierta.

La rueda de prensa ya no dio para nada más.

Cuando ya se iban, Roger descubrió a la sargento Anna Recasens en la penúltima fila. Con un bolígrafo y un bloc en la mano, vestía de civil y llevaba gafas de sol. Ella vio a Roger pero no hizo ninguna intención de saludarlo. Por tanto, Montse y él pasaron de largo.

- Aquella de las gafas de sol es la sargento de los Mossos que aparece en el vídeo- le dijo Roger a Montse mientras caminaban por el pasillo.

- ¿Qué hará aquí?- preguntó Montse.

- No lo sé- dijo Roger, pensativo.


En el botijo de cerámica no quedaba ni una gota de vino negro del Priorat que les había entonado un poco. Estaban en “Can Llesques”, en la plaza del Rey, en frente mismo del Museo Arqueológico. Cada minuto que pasaba, Roger ofrecía un semblante más serio.

- Te propongo que dejemos para mañana el trabajo del primer forense- dijo con un tono tan apagado que parecía una súplica.

Montse no le respondió directamente sino que le cogió las manos, que él tenía sobre la mesa.
- ¿Vienes conmigo?- le invitó.

- No puedo. Esta tarde…- se excusó él con un hilo de voz y los ojos brillantes.

- De acuerdo- dijo ella mientras le apretaba las manos con fuerza. Después se levantó y le dio un beso muy cerca de los labios-. Adios- se despidió.


Aquella tarde… Roger se refugió delante de la tumba de Eva. Aquel día justamente hacía cuatro años que se habían besado por primera vez. Y ahora sabía que nunca más volvería a saborear unos besos tan tiernos y dulces como aquellos.

La visita-homenaje no le alejó del dolor, pero al menos le disipó la angustia. Y sin darse cuenta, se despidió de Eva con la mano, como habían hecho la noche en que ella subió al autobús que se la tenía que llevar en aquel viaje sin retorno.

Manel Joan i Arinyó, "El cas Torreforta"

domingo 1 de febrero de 2009

CAPÍTULO 6



- Tenemos que actuar con mucha serenidad- Montse aleccionaba a Roger mientras se dirigían a la puerta de salida del edificio de TV7-. A lo mejor nos cuesta mucho tener acceso a Héctor, a lo mejor no lo conseguimos hoy, pero la cuestión es empezar a hacer el trabajo de campo.

Roger le confesó que él, en el fondo, prefería no verlo. Es más, ahora porque ya era demasiado tarde para volver atrás, pero si se lo hubiera dicho antes, no la habría acompañado a la prisión de Tarragona.

- Corazón fuerte, hombre!- probó ella de infundarle coraje.

Después de franquear los diferentes controles de entrada, hablaron con el director penitenciario, que ya les esperaba y les asignó un funcionario para que los acompañara por las diversas dependencias que tenían que visitar.

El primer taller donde pararon fue el de boxeo, donde efectuaron un buen trabajo de cámara, pero no literario: las escasas dotes oratorias del monitor daban miedo. Por lo que pudieron entender, aquella mole de músculos, chato y con cara de sonado, afirmaba que habías encontrado la piedra filosofal para desintoxicar a los drogadictos: se les cortaba el suministro de cuajo y en el momento que les entraba el mono, disputaban un asalto con él y asunto resuelto. En una semana, desenganchados!

Después pasaron por el aula de alfabetización y cuando tuvieron hueco entraron al taller de pintura.

- Preparan un reportaje sobre los talleres ocupacionales. Tienen permiso del director para grabar y entrevistar a los reclusos- anunció el funcionario a Nuria, la monitora.

- Lo que nos faltaba! Así no acabaremos nunca- se quejó-. Y tenemos que inaugurar en veinte días!

El funcionario se encogió de hombros y Roger intentó tranquilizarla:

- Procuraremos ir al grano.

Para demostrárselo, Montse ya se estaba dirigiendo a los reclusos y les estaba dando instrucciones.

- Para comenzar, continuad trabajando tal y como estábais haciéndolo y nosotros grabaremos aquí y allá. Después descansaremos un poco y todos los que deseéis intervenir, nos lo diréis y en seguida os entrevistaremos.

- Yo quiero hablar!- manifestó uno.

- Y yo.

- Y yo.

- Yo también.

A diferencia de los dos primeros talleres, en los que sólo habían accedido a participar los monitores, aquí los voluntarios surgieron como los boletos. Y lo más importante: se había creado una corriente de simpatía.

Ya se disponían a comenzar cuando se giró hacia ellos un preso que hasta entonces les había dado la espalda, porque estaba acabando unos retoques de su cuadro. A Roger casi se le cae el micro de las manos. Ismael también se quedó muy perplejo. En cambio, Montse, se sentó y se puso la cámara en el muslo y decidió acercarse al causante de aquellas reacciones: Héctor Moreno.

- No te precipites, disimula- le dijo Roger al oído.

- Sígueme con el micro- le pidió ella, que comenzó a grabar mientras avanzaba hacia el asesino.

Roger titubeó unos segundos. Fue suficiente para que un preso le cortara el camino a Montse y de un manotazo le apartara violentamente la cámara, que cayó al suelo. A partir de ese momento las acciones se sucedieron a un ritmo vertiginoso: Roger volvió de su estado catatónico y se puso delante de Montse para protegerla; al mismo tiempo, el funcionario llevó al agresor hacia la pared y lo hizo caer al suelo, donde el preso no hizo ninguna intención de levantarse ni le plantó cara. Aunque miraba al uniformado con un odio infernal. Roger miró al asesino con cara de pocos amigos. Éste le aguantó la mirada, pero retrocedió unos pasos y unos cuantos presos se interpusieron entre ellos. Entonces Nuria cogió a Héctor del brazo y lo apartó del lugar de los hechos. Él se dejó llevar, dócilmente.

Roger comprobó que Montse no había sufrido ningún daño y se agachó para coger la cámara. Ella se la pidió en seguida, pero él le aseguró que no podían seguir porque se había roto.

- Tendremos que volver otro día- se dirigió ella a los reclusos. Quiso aparentar naturalidad, pero en sus ojos se podía ver una mala leche que no podía disimular.

El anuncio de Montse provocó un murmullo de desencanto entre los presos, que de momento veían frustrada la exhibición televisiva de sus obras.

- Traednos cigarros cuando vengáis- apuntó uno de ellos.

- Y unas birras- añadió otro.

- Cojones de tío!- exclamó Roger nada más salir de la prisión

- Hijo de puta! Un poco más y me rompe la nariz!- le maldijo ella mientras se tocaba la zona afectada.

- Cuando he visto a Héctor se me ha vuelto todo negro- le confesó Roger.

- Yo también me he violentado bastante, pero valía la pena grabarlo…

En aquellos momentos llegó Ismael con la furgoneta, que habían tenido que aparcar en el otro lado de la calle. Se paró y Montse y Roger cargaron la cámara y las baterías. En eso estaban cuando se abrió la puerta de la prisión y Nuria salió con su coche. Como se tuvo que parar para ceder el paso a otros vehículos, Montse aprovechó para acercarse y hablarle a través de la ventanilla del copiloto. En seguida, se giró, hizo una señal a sus compañeros para que se fueran y subió al coche de la monitora. Ellas fueron las primeras en ponerse en movimiento. A continuación, la unidad móvil también se movió.

- Me he quedado tan parada cuando he visto a Héctor Moreno que no sabía qué hacer, si grabarlo o no- estaba diciendo Montse-. Yo creía que lo mantendrían aislado de los otros reclusos para evitar las palizas. Y cuando me he decidido, ya has visto la reacción que ha tenido el otro.

- Sí, sí. Con esta gente tienes que tener cuidado: nunca sabes cómo reaccionarán. En la cárcel se generan muchas tensiones.

Nuria aparentaba dos o tres años más que Montse. Tirando a rubia y con la nariz un poco chata y el pelo, ondulado, le llegaba a los hombros. Tenía ese tipo de constitución que de cintura para arriba se puede ser esbelto, pero para abajo presentan un volumen y una redondez…

Roger no volvió tampoco a TV7, sino que le pidió a Ismael que le llevara a un céntrico edificio de oficinas, donde estaba el bufet donde trabajaba actualmente Francisco Ixart, el antiguo abogado de oficio de Héctor.

- El señor Ixart está reunido y no le puede recibir en estos momentos- notificó a Roger la secretaria de recepción, después de haber efectuado una consulta telefónica interna. El ambiente que se respiraba era de un lujo extremo-. Si es tan amable de dejarnos un número de teléfono, nos pondremos en contacto con usted tan pronto como nos sea posible para atenderle. Por favor, ¿me escucha?- añadió mientras se daba cuenta que Roger estaba mirando hacia otro lado.

- Sí, sí. Pero es que… Quiero decir, el señor que ha entrado en aquel despacho ¿es el famoso abogado Carlos Tudó?- Roger le había visto un poco de perfil, pero no estaba seguro. Necesitaba una confirmación categórica.

Y la tuvo:

- El señor Tudor es uno de los propietarios de este edificio.


El coche de Nuria estaba parado cerca de una acera. Ella ya le había dicho a Montse que iba justa de tiempo y con los dedos pegaba golpecitos al volante para manifestar su impaciencia. A todo esto, la periodista tenía la mano en la palanca de abrir la puerta, pero no la accionaba.

- ¿Tú crees que Héctor es también el asesino de las chicas de ahora?
Nuria la miró con extrañeza. Tenía los ojos un poco brillantes. Dejó salir un suspiro y desvió la pregunta. Parecía que se disponía a hablar pero se limitó a encoger los hombros para dar a entender que no lo sabía.

- Te lo pregunto porque a mí no me ha parecido ver ningún resto de sádico en su cara. Ni tampoco de psicópata violador y sanguinario, autor de crímenes en serie, que es consciente de sus actos criminales, pero no le producen ninguna pena.

Este razonamiento dejó a Nuria un poco descolocada. Montse por un momento pensó que la monitora se mostraría de acuerdo con su opinión, pero no fue así.

- De todos los internos, fíjate bien, de todos, yo no pondría la mano en el fuego por ninguno- manifestó categóricamente.

Y todavía hizo más: se acercó al lado de Montse con la intención inequívoca de abrirle la puerta. Entonces ésta se dio por aludida y le ahorró el trabajo. Aún así, no movió el culo del asiento y le preguntó:

- ¿Crees que Héctor nos concederá una entrevista?

- Lo dudo muchísimo. Y además, toda la burocracia que tendríais que hacer, porque él no es un preso anónimo como cualquier otro.

- Yo tampoco le haría un reportaje cualquiera- Montse se mostraba muy segura-. TV7 por su carácter reducido y constitucional no necesita entrar en la guerra de las audiencias para sobrevivir. Y si a mí se me ha ocurrido ahora lo de la entrevista, es porque la enfocaría desde el punto de vista humano.

- De verdad, se me hace tarde.

- Tal vez, si tú nos ayudases, se nos allanaría bastante el camino… Piénsalo- dijo Montse antes de salir del coche y cerrar la puerta suavemente.



- Tienes un mensaje en el contestador- le dijo a Roger su madre cuando él llegó a casa.
- Señor Bosc- Roger reconoció en seguida la voz de la recepcionista del bufet-: el señor Ixart ya no toca el Derecho Penal. Por tanto, desestima su invitación a mantener una entrevista.

Mientras Montse intentaba localizar en el vídeo el trozo donde salía Francisco Ixart, Roger no paraba de manifestarle su asombro.

- Por más que lo intento, no lo entiendo. El antiguo defensor de Héctor trabaja ahora en el despacho de Carlos Tudó, que es el abogado de la familia Castro y actúa como acusación particular en el juicio por la muerte de Sandra.

- Pues yo no veo ninguna contradicción. Los abogados que quieren aprender y prosperar han de integrarse en los buffets de prestigio. Y tengo entendido que Carlos Tudó es el abogado de más renombre de Tarragona, ¿no?


En el monitor estaba Francisco Ixart hablando con unos periodistas en la puerta del Palacio de Justicia.

- En esta sentencia- les decía- ha influido más la presión social que las pruebas inculpatorias.

- ¿Piensa recurrirla?- le preguntaba un periodista.

Ixart le respondió que sí, puesto que él creía en la inocencia de Héctor y tenía el deber moral y profesional de luchar por su exculpación.

En este punto se acababan las imágenes por lo que respectaba a Ixart.

- ¿Qué pasó con el recurso? ¿Lo presentó o no?- le preguntó Montse a Roger.

- Y tanto que lo presentó, por partida doble. El primero no se lo admitieron por defectos de forma y cuando insistió ya estaba fuera de plazo.


- Jo!- exclamó Montse-. Con abogados defensores así no hacen falta fiscales para hacerte viejo en la cárcel.

- No tenía tampoco ninguna posibilidad de volver a salir- le aclaró Roger-. En el juicio quedó plenamente demostrado que Héctor asesinó a Sandra. Lo que me interesa saber a mí es si también mató a Eva.

Entre las principales pruebas acusatorias hay que destacar que declararon testigos que lo habían visto salir de la discoteca con las tres chicas.

Se encontraron restos de su semen dentro de la vagina y del ano de Sandra. También había pelos, carne y sangre en las uñas de ella.

En las ruedas y en el chasis de su coche, un Renault 19 rojo, había tierra adherida que se correspondía con la del camino del polígono de la Arrabassada. Por otra parte, cuatro okupas vieron salir un coche como el suyo de la nave donde encontraron el cadáver de Sandra.

La huída inexplicable de Tarragona también lo acusó. Lo localizaron y detuvieron la madrugada del martes al miércoles en una pensión de la plaza del Rey, en Barcelona. Nada más examinarlo le descubrieron arañazos en la cara y en la espalda.

Fue incapaz de aportar ninguna coartada. Al principio se limitó a negarlo todo. Más tarde, ante la evidencia de las pruebas inculpatorias, se cerró en banda y dijo que no recordaba nada.

Como antes de las imágenes de Francisco Ixart había también de Carlos Tudó, Montse y Roger decidieron rebobinar la cinta y revisarlas.

El acusador particular leía un comunicado de prensa. En él se manifestaba que la familia Castro-Fortuny había depositado desde el primer momento su confianza en la justicia y no se sentían defraudados. Después agradecían el esfuerzo y la profesionalidad de la policía, que había actuado con tanta diligencia. Agradecía, asimismo, las muestras de solidaridad y afecto recibidas desde todos los ámbitos y, finalmente, solicitaban que todo el mundo respetara el derecho a la intimidad de la familia, que soportaban con tanta resignación el terrible suceso gracias a sus profundas raíces cristianas.

- Cualquiera le pide una entrevista a este individuo!- exclamaron los dos casi al mismo tiempo, y rieron por la coincidencia.

Todavía no eran las diez pero ya hacía tiempo que era noche cerrada. Roger caminaba hacia su casa. Con él iba Montse, que le había dicho que le acompañaría un trozo para estirar las piernas y oxigenarse.

- Ché, yo estoy acostumbrada al fragor de Barcelona- le comentó Montse, que ya decía, de vez en cuando, alguna expresión de Tarragona- y todavía no me acabo de acostumbrar a este ambiente tan desmayado…

Habían hecho el siguiente trayecto: bajada de la Misericordia, calle de Portalet y de San Agustín. En las calles transversales, estrechas, oscuras y sucias, se veía muy mal rollo, sobre todo en la puerta de los bares de prostitutas.

- Aquí te abandono, chico. Confío en que no te pierdas para llegar a casa- le dijo Montse a Roger que no se había mostrado demasiado comunicativo en los últimos minutos. Habían llegado a la Rambla Nueva.

- ¿Tomamos algo en el “Four Roses”?- propuso él.

- Una cosa sí que te tomaba yo a ti, sí- dijo ella al tiempo que ponía la mano izquierda en el hombro derecho de Roger para que se girara y le diera la espalda-: este culo tan lindo!- y mientras se lo decía le daba una pequeña palmada.

Roger se quedó en ese momento que si le pinchan, no sangra.

Cuando ella empezó a hacer el camino de nuevo él ya se había recuperado mínimamente del susto y se giró para mirarla: era tan atractiva… Ella también se giró y le dijo adiós con la mano con un gesto simpático, entrañable, afectuoso… Sonreía.

Para corresponderla, Roger también intentó esbozarle una pequeña sonrisa, pero en seguida tuvo que hacer esfuerzos para que un escalofrío no le quemara la espalda. Por la calle no corría ni una rata y las luces de las tiendas estaban apagadas!





CAPÍTULO 7




En el Instituto Anatómico Forense, un administrativo le confirmó a Montse y a Roger que las autopsias de Eva y Lorena las había practicado el mismo médico que tres años antes se había encargado de la de Sandra.

- Se trata del doctor Joaquín Colomer, decano de los patólogos de Tarragona. En el caso de la primera chica, recuerdo que la inició otro pero fue relevado en seguida.

Los periodistas, entonces, le pidieron hablar con Colomer y el funcionario les dijo que no estaba allí, ya que esa mañana tenía clases en la facultad.

Cuando ya se iban, Roger se lo pensó y se le acercó de nuevo:

- Y el primer forense de Sandra, ¿está aquí ahora?

- Lo siento- le respondió el oficinista-. El doctor Jaime Calvet cambió de especialidad y en nuestros archivos no consta ninguna dirección ni teléfono.


Como decidieron entrevistar a las personas que aparecían en la cinta de Vicente Vila, Roger y Montse habían acordado que mentirían si el proceso de elaboración del reportaje lo exigía. De todas maneras, aquel mediodía, cuando ella abordó a Colomer por los pasillos de la Facultad de Medicina, colocó el listón muy alto, nada más decirle que era Licenciada en Psicología y que estaba preparando la Tesis Doctoral sobre los asesinos en serie.

- Un tema muy apasionante- le dijo el forense.

- Sí, pero mi problema es que no sé si Héctor Moreno es uno de ellos y quería que usted me orientase un poco.

Colomer le advirtió que no le podía hablar del tema porque todavía se estaba instruyendo el sumario, que el juez había decretado secreto.

- Pero la prensa publica filtraciones casi cada día… - dejó caer ella.

- Sí, y es muy lamentable porque la mayoría de las veces estas filtraciones sólo son invenciones del periodista de turno. Y eso hace que se dificulten los procesos judiciales.

- Yo ya me conformaría si usted me aclarara una o dos dudas sobre las causas de la muerte de Eva y Lorena- volvió ella a la carga.

Estaban delante del despacho del forense. El cartel que había en la puerta así lo anunciaba: “Cátedra de Medicina Legal. Catedrático: Doctor Joaquín Colomer”.

- Eres una buena psicóloga, ya lo creo. A causa del tiempo transcurrido desde la muerte, los cadáveres de estas chicas presentaban muy poca carne, casi nada. Y con todo eso, con las descarnaduras en las costillas y en otros huesos, ha quedado demostrado que entre una y otra recibieron entre quince y veinte puñaladas. Como también tres tiros en órganos vitales: corazón, hígado y cerebro. Es decir, el mismo procedimiento que se siguió para matar a Sandra. Además, el puñal empleado fue el mismo. Como las balas, que eran todas de un revólver 38 especial.

Montse le escuchaba sin parpadear. Ella ya conocía estos datos por la prensa, pero la impresionó mucho sentirlo por boca de Colomer, la única persona que podía hablar con conocimiento de causa.

- Entonces, si como todo hace sospechar, los tres asesinatos fueron obra de Héctor Moreno, ¿por qué no enterró también a Sandra?- preguntó Montse al forense-. ¿Usted como interpreta este hecho, como el desafío que en un momento de euforia hace un psicópata a la policía, o como el grito de auxilio de un enfermo mental?

El catedrático adoptó un tono más profesional todavía para responderle:

- Señorita, el término autopsia significa ‘yo veo’ no ‘yo interpreto’ o ‘yo imagino’. En consecuencia, su pregunta no entra en mi campo de trabajo, sino más bien en el suyo.

- Y ahora, si me permite, tengo trabajo.

Abrió la puerta del despacho, entró y la cerró.
- Buena psicóloga no sé si deberías ser pero como actriz eres extraordinaria!- le dijo Roger en el Audi A3 de Montse, con el que se habían desplazado a Reus. Ahora ya volvían a Tarragona, si es que el tráfico de la capital de la comarca del Bajo Campo les permitía llegar a la carretera.

- ¿Verdad que sí? Si hasta yo me he sorprendido de verme actuar con tanta naturalidad!- dijo Montse, que no pudo disimular la satisfacción que le embargaba-. Pero pienso que, ya puesta, le habría podido decir que preparaba un grupo de terapia para asesinos. A ver cómo hubiera reaccionado!

Roger no dijo nada. Sus momentos de exaltación, si el hecho de no estar deprimido podía calificarse así, siempre eran igual de endebles.

En esos momentos estaban atrapados en un atasco que se había formado delante del Club de Natación Ploms.

- Es desesperante!- se quejó Montse después de avanzar diez metros a paso de tortuga y tener que pararse otra vez.

En doble fila había una pareja de Mossos d’ Esquadra- hombre y mujer- que habían hecho parar a un coche y le pedían la documentación a sus ocupantes. Roger se quedó mirando fijamente a la Mossa, que eral alta, rubia y muy atractiva.

- Es guapa, ¿eh?- le dijo Montse.

Roger, en vez de responderle, le preguntó:

- ¿Podemos ir un momento a tu casa para comprobar una cosa del vídeo?

- No lo sé- le respondió ella, que se cogió la parte central del sujetador y se lo estiró-. Quiero decir que sí si salimos de esta retención diabólica!- rectificó.



En el polígono de la Arrabassada, una Mossa d’ Esquadra hizo bajar a cuatro punks de un jeep, cogiéndolos del cuerpo, y se los entregaba a un policía de paisano, que ordenaba en seguida a unos policías nacionales que los esposaran y les hicieran subir en la furgoneta celular.

- Para la imagen- solicitó Roger a Montse-. Esta es la que nos interesa a nosotros.

La Mossa d’ Esquadra tenía galones de sargento y, fijándose bien, incluso pudieron distinguir su número de identificación.


Manel Joan i Arinyó, "El cas Torreforta"